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| CRÍTICA
DE LOS MEDIOS
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TODA
LA SANGRE: ANTOLOGÍA DE CUENTOS SOBRE LA VIOLENCIA
POLÍTICA EN EL PERÚ Recogiendo
la tinta derramada
La literatura peruana vive un momento brillante. El New
York Times le dedicó un especial, sus escritores
ganan premios. El lanzamiento de una antología
de cuentos, en medio del retorno de Alan García
al poder pone a la violencia política en el centro
de la reflexión.
Por Fernando Lozano. ::mas
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El senderista Hildebrando Pérez Huarancca
fue el autor de la matanza de sesenta y nueve campesinos
en el poblado de Lucanamarca, en el departamento
de Ayacucho. Éste fue uno de los episodios
más dolorosos de la guerra interna que vivió
el Perú entre 1980 y 1992. Pérez también
escribió un relato bello y conmovedor sobre
la injusticia y el abandono en que vive la gente
del ande; en él esgrime una metáfora
sobre el levantamiento que desde la sierra protagonizó
el grupo terrorista Sendero Luminoso (sl). Más
que una premonición, su cuento se convirtió
en una advertencia.
La inclusión de su relato "Oración
de la tarde", escrito en 1974, como apertura
de Toda la sangre. Antología de cuentos
peruanos sobre la violencia política (Editorial
Matalamanga, 2006) demuestra que ya se escribía
sobre el tema antes de que estallara la "lucha
armada" entre los senderistas dirigidos por
Abimael Guzmán y el Estado; una verdad
soslayada por los últimos premios internacionales
obtenidos por escritores peruanos con novelas
que tienen como escenario los años de la
violencia política, como La hora azul de
Alonso Cueto (Herralde, 2005) y Abril rojo de
Santiago Roncagliolo (Alfaguara, 2006).
No obstante ése no es su único
mérito. Tal como refiere el crítico
literario Gustavo Faverón Patriau, compilador
de la antología, la presencia de Pérez
Huarancca "en el nuevo indigenismo literario
peruano, con su libro Los ilegítimos, de
1975, es importante, más allá de
su actuación posterior". De acuerdo
con su revisión, se han escrito aproximadamente
trescientas narraciones sobre el tema de la violencia
política entre cien escritores peruanos,
por lo que defiende que la selección "quiere
observar precisamente las respuestas estéticas
y creativas, las reacciones del lenguaje literario
ante una experiencia límite como fue la
de la violencia político-social".
Entre los antologados están el mencionado
Cueto, con su novela corta Pálido cielo
que revive el atentado de la calle Tarata en Miraflores
en 1992, que fue el clímax de la violencia
a la que llegó Sendero Luminoso en Lima;
Fernando Ampuero, en "El departamento",
explora el castigo de la injusticia que podía
padecer cualquier persona por estar en el lugar
y en el momento equivocado; "El mural",
de Osvaldo Reynoso, narra la visión de
un pintor que, sin saberlo, retrata la preparación
de un atentado y su consecución.
Destaca la nouvelle Adiós Ayacucho, de
Julio Ortega, que dibuja una fallida reconciliación,
basada en la mentira y la falsificación,
matizada con humor negro. Es la historia de Alfonso
Canepa, un dirigente campesino ayacuchano que
ha sido torturado y asesinado por los militares,
y cuyo cuerpo -mutilado por una explosión
de granada- fue enterrado en una fosa común.
Canepa, o lo que queda de él, emprende
una larga travesía hacia la capital para
hacer un reclamo. "Vine a Lima a recuperar
mi cadáver", dice hilando las palabras
con que iniciará su discurso cuando llegue
a la ciudad de los reyes. Finalmente une sus huesos
con los falsos restos del conquistador Francisco
Pizarro.
Toda la sangre llega en una coyuntura política
y literaria en la que el tema de la violencia
política está más vivo que
nunca: el presidente Alan García ha planteado
la aplicación de la pena de muerte para
los terroristas en respuesta al reinicio de las
actividades de Sendero en los conos de Lima. El
gobierno y la Iglesia atacaron a la Comisión
de la Verdad y Reconciliación (cvr), que
en el 2003 determinó que 69.000 personas
murieron entre 1980 y 2000 por la violencia política,
y sindicó al Estado como el segundo mayor
violador de los derechos humanos; Abimael Guzmán
fue sentenciado en un segundo juicio a cadena
perpetua. Todo en sólo unos meses.
En el ámbito literario, se está
comenzando a reconocer en el extranjero una literatura
peruana de la violencia política. El diario
The New York Times le dedicó a fines de
octubre un artículo a esta efervescencia
llamado "Past War and Cruelty, Peru's Writers
Bloom" ("Tras la guerra y la crueldad,
los escritores peruanos florecen"), en el
que señala que "Lima es otra vez uno
de los escenarios literarios más brillantes
de América Latina" y destaca a Cueto
y Roncagliolo.
Precisamente este último, escribió
que la publicación del informe de la cvr,
"marca ese giro" en el que "se
ha clausurado la confrontación y se ha
inaugurado el momento de reflexionar, la necesidad
de los peruanos de leer al respecto, de saber
qué ocurrió y de hacerlo con la
tranquilidad y la distancia que no era posible
mientras la guerra estaba en curso".
Hay que mencionar que al igual que miles de peruanos,
Pérez Huarancca nunca apareció.
Algunas versiones dicen que está muerto,
que terminó sus días con otra identidad
en alguna prisión, o que vive en Estados
Unidos. Su brevísima obra era un reclamo.
No hay que olvidarse de Pérez Huarancca
ni de su drama, no hay que olvidar su advertencia,
no hay que enterrar en la memoria a esos miles
de muertos que dejó la violencia política. ::cerrar
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NARRATIVA
PARA NO OLVIDAR
Diario Correo - 19-11-2006
Olga Rodríguez Ulloa
correolibros@yahoo.es
Para quienes no estén al tanto del mundillo literario,
es probable que el nombre de Gustavo Faverón no
les suene para nada. Faverón es un crítico
radicado en EEUU, que ha editado recientemente una antología
de narraciones sobre la guerra interna peruana: Toda la
sangre. Tiene también un blog desde donde se erige
como juez y maestro de críticos y reseñistas.
::mas
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Haciendo de lado el odioso tono virtual de Faverón,
plagado de didactismo autoritario y pomposo, vayamos
a su antología, que vale la pena mencionar.
El texto reúne 19 relatos de escritores peruanos,
cuyos escenarios son los andes, la ceja de selva
y la ciudad. En muchos de ellos se hace patente
el deseo por descifrar la génesis del trauma
que dividió el país en los ochenta
y noventa, y que hizo del Perú un territorio
de incertidumbre, desasosiego y muerte.
En "El cazador", la escritora Pilar Dughi
aborda, con un lenguaje envolvente y una estructura
firme y lograda, la huida del traidor y la persecución
del cuadro ajusticiador. Dughi muestra la división
de los afectos y el imperativo de un deber que se
sostiene en la violencia y que acaba fragmentando
a los protagonistas. El cazador y el cazado terminan
por hallarse fuera de su rivalidad y se miran reconociéndose
nuevamente en el mismo bando, fuera de la rigidez
y la locura del partido, en un espacio vacío
de sentido, en el que sólo hay lugar a una
suerte de perplejidad que lo colma todo y que abre
una posibilidad de sobrevivencia.
El narrador de Alonso Cueto en "Pálido
cielo" hace un intento por reconstruir la historia
de sus padres y hermano militantes de Sendero, y
por configurar la suya propia a través del
gesto confesional. Cueto entrevé con éxito
la importancia del decir en la curación y
tratamiento de la herida que dejó la violencia,
y el peligro del silencio prolongado, que no es
el estigma de una raza sino más bien el resultado
de la injusticia y la indiferencia de un Estado
que no reconoce ni ciudadanías ni voces.
Por más manido que suene, el efecto sanador
de la palabra visible en los testimonios de la Comisión
de la Verdad y Reconciliación se hace tangible
a su vez en estos documentos literarios, cuya lectura,
además de conmover, interpela.
Como menciona Félix Reátegui -en el
epílogo, refiriéndose a "El mural",
de Oswaldo Reynoso-, la literatura tiene el privilegio
de lo panorámico gracias a lo singular y
lo concreto, gracias a la ficción que irrumpe,
permite situarnos y nos involucra enteras y enteros
en un ruptura histórica que es profundamente
nuestra, en la que está en juego la subjetividad
y el futuro de todas y todos.
Hubiera sido un tanto más útil para
las y los lectores que el señor Faverón
ubicara cronológicamente estas producciones
literarias haciendo gala de la rigurosidad que lo
caracteriza. ::cerrar
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LIBROS
DE GUERRA
Como si fuera necesario escribir (y leer) sobre la violencia
interna para intentar cerrar las heridas que esta produjo
en el país durante 20 años, ya es larga
la lista de autores que se han sumado a esa corriente.
¿Será que estamos hablando de una literatura
peruana post guerra? Una nueva discusión queda
abierta.
Por Nilton Torres. ::mas
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Nicomedes Sierra es cruel. No le tiembla la mano
si se trata de masacrar a un terruco, y tampoco
si lo tiene que matar. Pero cuando llega la noche
y su mujer muerta se le aparece entre el sueño
y su realidad, despierta su mundo lírico,
aquel donde no tiene cabida el salvajismo del que
hace gala, y donde expresa su -también- sensible
humanidad. No es un héroe, tampoco un villano.
Es solo un ser que debió enfrentar con las
armas a su alcance al terror que se cernía
sobre su mundo, aquel bucólico paraíso
andino que se tiñó de sangre durante
los veinte años que duró la guerra
interna en el país.
Nicomedes Sierra no existe, es el personaje de una
novela cuyo autor, el periodista Víctor Andrés
Ponce, cataloga en un género, si se quiere,
incipiente en nuestro país, pero con un sinnúmero
de pares a lo largo del mundo y su historia. 'Literatura
de posguerra' le llaman, y se refiere a los proyectos
literarios que empiezan a surgir sobre la base de
un conflicto y la memoria de un pueblo que se gesta
en el contexto de la violencia sufrida.
Historias de desencuentros "Las obras más
importantes sobre la guerra, ya sea en literatura,
en el cine o en teatro, se dan algunos años
después de terminado un conflicto. Es como
si la sociedad y sus actores deban tomar distancia.
Mira lo que pasa en Chiapas, la guerrilla en Centroamérica
y en Colombia, el conflicto en Medio Oriente. Muchos
aún continúan, pero ya se presentan
intentos de contar esas historias de desencuentros
en una sociedad que lleva a sus hombres y mujeres
a matarse entre sí".
Ponce dice que en ese contexto puede entenderse
su novela y otras como "La Hora Azul"
de Alonso Cueto (Premio Herralde de Novela 2006),
"Abril Rojo" de Santiago Roncagliolo (Premio
Alfaguara), algunos cuentos de Daniel Alarcón
aparecidos en "Guerra a la luz de las velas",
y los relatos reunidos en "Toda la sangre",
la antología editada recientemente por el
crítico literario Gustavo Faverón
Patriau.
En estos trabajos se pueden identificar distintas
formas de percibir lo vivido durante veinte años
de violencia en nuestro país y la guerra
interna que enfrentó al Estado con Sendero
Luminoso y otros grupos armados. Pero también
al pueblo con grupos paramilitares avalados por
ese mismo Estado que debía protegerlos.
"El mundo está interesado en recoger
historias que puedan ayudar a explicar el desencuentro
planetario que vivimos", dice Ponce, quien
jura estar presenciado el surgimiento de la literatura
de posguerra en el Perú, aunque sus colegas
nombrados no compartan eso al ciento por ciento.
Hablar de lo que nos conmueve
Alonso Cueto refiere que de alguna forma toda la
literatura peruana contemporánea se podría
catalogar como 'literatura de posguerra', pues nuestro
país ha vivido, y vive, en un estado de guerra
permanente.
Según el autor de "La Hora azul",
la sociedad peruana es tan poco estructurada, y
en ella conviven segmentos culturales y sociales
tan distintos, que estamos en un estado de intento
de dominación permanente. "Eso
se puede ver en novelas de Alfredo Bryce, de Mario
Vargas Llosa, de Jaime Bayly. Y lo ocurrido con
la guerra contra Sendero Luminoso es que ahora han
empezado a surgir relatos que tocan ese tema",
precisa.
Cueto dice que, a su modo de ver, su novela va más
allá de la guerra y se sitúa entre
las enormes brechas sociales y culturales que existen
entre nosotros. "Mi novela se sitúa
en un contexto de guerra, pero no necesariamente
busco dar una respuesta al por qué de esa
guerra. Un escritor escribe de lo que lo conmueve,
lo que le llama la atención", sostiene.
Por su parte, Gustavo Faverón asegura no
creer que estemos ante un fenómeno de 'literatura
de posguerra', en el sentido estricto del concepto.
"La literatura responde a momentos sociales
y a coyunturas, tanto como cualquier rama del conocimiento
cultural. En el caso peruano, hay una larga y poderosa
tradición de literatura de preocupación
social, de modo que aproximarse al tema de la violencia
subversiva y contrasubversiva es en cierto modo
un reflejo natural dentro de esa tradición",
dice.
Reflexionar sin juzgar
Según Faverón, la motivación
que tuvo para compilar los textos reunidos en "Toda
la sangre" fue la convicción de reflexionar
sobre lo ocurrido; buscar sus orígenes, entender
lo sucedido, y la idea de que en nuestra literatura
están acaso las reflexiones más interesantes
que se han producido hasta ahora sobre esa violencia
que nos ha marcado recientemente.
En ese sentido, Ponce manifiesta que si bien se
siguen escribiendo investigaciones sociológicas,
históricas y periodísticas sobre los
mismos temas, estos no tienen la contundencia de
una obra literaria. "Esos trabajos no pueden
sustraerse a la condena o a la aprobación,
a la condena o al rechazo", aclara.
Cueto reconoce que las etiquetas son necesarias
para entender el contexto de una obra literaria,
pero se resiste a dar a su trabajo reciente la etiqueta
de 'literatura de posguerra'. Dice que intentar
calificarla incluso de 'literatura comprometida'
ahonda más esa percepción equivocada.
No obstante, Faverón niega que haya ese compromiso
social, por ejemplo, en novelas como "Abril
rojo", de Roncagliolo, que apelan al tema de
la violencia política como un rasgo entre
varios de la trama. "Existe, sí,
en la gran mayoría de quienes se han acercado
al tema, una conciencia clara de que es un asunto
sensible que merece una aproximación meditada
y responsable; una conciencia de que el tema es
vital y que sigue latente: quizá por eso,
precisamente, es tan difícil llamar a todo
esto 'literatura de posguerra': mientras las causas
de la violencia sigan allí, es un tanto apresurado
decir que la violencia ya terminó",
señala el crítico literario. ::cerrar
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Letra
viva: Los líos profundos
Por Ricardo González Vigil
Con la solvencia que lo caracteriza, Gustavo Faverón
Patriau nos brinda la mejor antología que se haya
hecho hasta ahora sobre el desmadre sangriento que, bajo
las etiquetas esgrimidas o soterradas de "guerra
popular", "fundamentalismo revolucionario",
"terrorismo" y "guerra sucia", padeció
el Perú en los años 80 y 90, teniendo como
eje la escala senderista en 1980-1992. . ::mas
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Ya Mark R. Cox había confeccionado la valiosa
muestra "El cuento peruano en los años
de violencia" (2000), pero circunscrita al
ámbito andino; Faverón adopta un mirador
más amplio: el campo y la ciudad, la sierra
y la costa, junto con una apertura mayor a las diversas
posturas ideológicas, a favor o en contra
de la subversión, de denuncia o ciega frente
a los desmanes cometidos por las "fuerzas del
orden".
A Faverón le interesan las narraciones seleccionadas
como un documento de valor literario que ayuda a
entender lo que pasó, evitando las anteojeras
fundamentalistas de izquierda o de derecha: "Hoy
tenemos que entender que ni el mal de Estado ni
el mal del terror son metafísicos, ni inmutables,
ni extraños a la historia. Tenemos que acudir
a las explicaciones humanas para las formas del
mal humano" (p. 11). Le preocupa la tendencia
a considerar que "el fin de la guerra no es
sino una autorización para volver al viejo
orden, como si nada en absoluto hubiera sucedido"
(p. 28); actitud que lleva a no subsanar urgentemente
las graves falencias del país en pos de "una
sociedad menos infeliz y menos desgraciada".
Irresponsablemente no se tiene en cuenta el Informe
de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación,
ni el rico testimonio literario (centenares de cuentos
y medio centenar de novelas, en el registro de Mark
R. Cox). Contra ello, Faverón ha invitado
a Félix Reátegui Carrillo (integrante
de la mencionada comisión) a escribir el
esclarecedor epílogo de su antología.
La selección efectuada por Faverón
es muy buena, como literatura y como documento.
Dos ausencias mayúsculas: Julián Pérez
(en una nota lamenta excluirlo por razones de límite
de páginas), autor de la mejor novela que
conocemos sobre la violencia enfocada: "Retablo";
y José de Piérola, con varios cuentos
notables y la mejor novela corta sobre el tema.
De otro lado, aunque ingeniosa la lectura simbólica
del cuento de Hildebrando Pérez Huarancca,
resulta discutible (el tema del relato no es la
violencia política), y las iniciales del
personaje del cuento de Miguel Gutiérrez
no responden a una alusión buscada por el
autor (retrata un radicalismo de varias facciones
izquierdistas de los años 50 y 60, y no el
que caracterizó a Sendero Luminoso); en todo
caso, nos parece forzada su inclusión al
ser anteriores al conflicto.
Título "Toda la sangre"
Editor Gustavo Faverón Patriau
Editorial Matalamanga
Calificación ***
Antología
Una "Antología de cuentos peruanos sobre
la violencia política", entendida dicha
violencia en su expresión más extrema
y terrible: las décadas del 80 y 90 marcadas
por la subversión y la guerra sucia ejercida
por el Estado para sofocarla. El volumen contiene
tres novelas cortas y dieciséis cuentos de
autores de diversas generaciones, desde voces claves
del 50 (Zavaleta, Reynoso y Thorne) y 60 (Hinostroza
y Ortega) hasta narradores de las hornadas del 68/70,
del 80 (la más abocada al tema) y uno del
90. Atinada selección de diversas perspectivas
sobre el conflicto armado, retratado tanto en el
campo andino como en la ciudad costeña, en
base a la cual el antólogo Gustavo Faverón
Patriau y el sociólogo Félix Reátegui
Carrillo reflexionan sobre lo ocurrido, buscando
esclarecer sus causas y sus características
principales. ::cerrar
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TODA
LA SANGRE. HISTORIAS DE LA ÉPOCA DEL HORROR
Publican antología de violencia política
Libro busca mostrar diferentes posturas sobre el tema
Material estaba disperso en revistas y tirajes cortos
2. . ::mas
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En 2005, la editorial Matalamanga pidió al
crítico Gustavo Faverón su colaboración
para reunir una selección de cuentos y relatos
breves sobre la época de la violencia política.
Se anuncia para el 19 de este mes el lanzamiento
de Toda la sangre, el producto de este esfuerzo.
Conversamos con el antologador sobre esta experiencia.
¿Cómo nace el proyecto?
-Yo tenía la intención de investigar
las diversas posturas de los escritores peruanos
frente al hecho en sí de la violencia. Pensaba
convertir esa investigación en un ensayo.
Ezio Neyra, responsable de Matalamanga, por su lado,
notó la falta de antologías abarcadoras
sobre el tema. Hay una, de Mark Cox, pero es muy
parcial y se reduce a la literatura provinciana
de izquierda. Cuando Ezio me propuso la antología,
fue como matar dos pájaros de un tiro: hice
la selección de los textos recogidos, y de
paso la investigación me permitió
reunir el material para mi ensayo, que va como prólogo
del libro.
¿Con qué sorpresa se encontró
al hacer esta recopilación?
-Yo sabía que el tema de la violencia política
no era nuevo en nuestra literatura. Me parecía
miope decir que las novelas de Cueto y Roncagliolo
eran el signo de que los escritores peruanos por
fin se estaban abriendo a él. Muchos han
estado obsesionados con el asunto desde hace décadas.
Aún así, fue una sorpresa descubrir
la magnitud de esa preocupación. Hay decenas
de novelas y varios centenares de cuentos acerca
de la violencia política.
¿No encontró textos de miembros
de las Fuerzas Armadas?
-Una de las intenciones de la antología es
mostrar las reacciones de la literatura peruana
ante el hecho de la violencia política. Por
este motivo se ha omitido lo que tenga sólo
valor testimonial y carezca de importancia estética.
Entre lo descartado hay textos de ex miembros de
las Fuerzas Armadas. El menos inocente de esos autores,
por desgracia, no ha escrito relatos sino novelas
largas. Es un ex infante de Marina llamado Víctor
Tasaico, autor de Sierra Caimán.
¿Fue difícil tratar con autores
de supuesta filiación senderista?
-El gran problema ético sobreviene cuando
el crítico censura en vez de leer y permitir
que los demás lean. A uno se le puede hacer
un nudo en la garganta al comprobar la enorme belleza
y el patetismo de los relatos de Hildebrando Pérez
Huarancca y luego recordar que, con toda probabilidad,
fue quien dirigió la horrorosa masacre de
Lucanamarca. Pero si somos capaces de leer sus cuentos,
y si ellos nos permiten entender eso que en el fondo
todos nos hemos preguntado alguna vez (¿qué
cosa lleva a la gente a la violencia extrema?),
entonces la lectura habrá sido una experiencia
valiosa. Tenemos el deber de escuchar e intentar
entender. ::cerrar
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Ficción
breve de la violencia política
NARRATIVA DE TIEMPOS VIOLENTOS o En Toda la sangre Gustavo
Faverón ha reunido los mejores cuentos sobre la
violencia política en el Perú. Gutiérrez,
Reynoso, Ampuero y Cueto figuran entre otros antologados.
Por Javier Ágreda
La lectura de los 19 relatos reunidos por el crítico
Gustavo Faverón en Toda la sangre. Antología
de cuentos peruanos sobre la violencia política
(Matalamanga, 2006) no puede dejar de conmovernos, tanto
por la naturaleza de los sucesos contados (los más
crueles asesinatos y masacres) como por ser el testimonio
de una época cercana, pero tan difícil y
problemática que muchos prefieren olvidarla.
::mas
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A la estrecha relación entre realidad y literatura,
hay que sumar los inevitables vínculos que
se establecen entre los textos con sus autores (sus
opciones y trayectoria política), con los
acontecimientos históricos posteriores (los
textos abarcan más de 30 años) y hasta
entre las propias ficciones.
Los dos cuentos más antiguos son, en ese
sentido, ejemplares. En "Una vida completamente
ordinaria" Miguel Gutiérrez (Piura,
1940) narra el encuentro y enfrentamiento entre
dos militantes izquierdistas de diferentes generaciones,
el más joven y radical de ellos llamado Saúl
Lobato (S.L.).
Por su parte, Hildebrando Pérez-Huarancca
(Ayacucho, 1948) entrega en "La oración
de la tarde" una historia simbólica:
para atrapar a un peligroso puma los campesinos
queman una pradera y también a los inocentes
animales que en ella viven. Pérez Huarancca
se convertiría después en un importante
mando de SL y fue, según algunos, el responsable
de la matanza de Lucanamarca. Su azarosa vida inspira
el cuento "Vísperas" de Luis Nieto
Degregori (Cusco, 1955).
Faverón ha reunido a representantes de más
de tres generaciones de escritores, desde Carlos
Thorne (Lima, 1924) hasta Sergio Galarza (Lima,
1975), tanto "criollos" como "andinos":
Carlos E. Zavaleta, Óscar Colchado, Jorge
E. Benavides, Pilar Dughi, Dante Castro, entre otros.
Los textos seleccionados van desde relatos de unas
pocas páginas ("El mural" de Oswaldo
Reynoso; "El departamento" de Fernando
Ampuero) hasta novelas cortas como Adiós,
Ayacucho de Julio Ortega, El muro de Berlín
de Rodolfo Hinostroza y Pálido cielo de Alonso
Cueto, ficciones que muestran la diversidad de las
aproximaciones de la narrativa a la violencia política.Aunque
en la selección ha primado la calidad literaria
(la mayoría de los relatos destacan claramente
en los libros en que fueron publicados), en el prólogo
-el ensayo "El precipicio de la afiliación"-el
antologador reflexiona con rigor y solvencia sobre
algunas de las constantes temáticas de estas
ficciones: los quiebres generacionales, la presencia
del marxismo en las aulas ("los educadores
armados") y la "metáfora del escritor
como un observador solo parcialmente distanciado".
A manera de colofón se presenta el ensayo
"Violencia y ficción, mirar a contraluz"
del sociólogo Félix Reátegui,
coordinador del Informe Final de la CVR.
Por su naturaleza, este libro seguramente generará
controversias y polémicas. A pocos días
de su presentación, ya las inició
el crítico estadounidense Mark Cox, autor
de la antología El cuento peruano en los
años de la violencia (2000), para quien esta
narrativa es indesligable de un cierto "boom
de la narrativa andina que comienza en la década
del 80". Mucho más amplia y panorámica
que antologías similares previamente publicadas,
Toda la sangre es el testimonio de una época
y una valiosa recopilación de algunas de
las propuestas más interesantes de la narrativa
peruana de los últimos decenios.
Perfil
Gustavo Faverón Patriau.
Nació en Lima, 1966.
Doctorado en Literatura de la Cornell University.
Es crítico literario y profesor de Literatura.
Dirige la revista Dessidences y el blog cultural
Puente aéreo.
Obra. Rebeldes: sublevaciones indígenas en
Hispanoamérica (2006), Toda la sangre (2006). ::cerrar
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