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TODA LA SANGRE (FRAGMENTO)

El mural
Osvaldo Reynoso

Siempre aparecen uno tras de otro en el parque frontero del edificio de mi departamento. Llegan corriendo con maletines en la mano. Rodean un carrito de helados, le hacen bromas a la muchacha vendedora y luego se sientan en círculo sobre el césped a saborear las cremas de frutas. Yo vivo en el quinto piso y desde mi ventana los contemplo con un largavista. Son siete y parece que no son de este barrio. Por su pobre indumentaria, se podría pensar que vienen desde los callejones que persisten en vivir tercamente incrustados en las zonas de grandes residencias al mar. Tendrán de dieciocho a veinte años. No más. Encargan sus maletines a la muchacha de los helados y se distribuyen en el parque a jugar un partidito de fútbol. A los jóvenes de este barrio, una isla tranquila entre grandes avenidas, se les conoce por su ropa fina, importada, sus cuerpos bronceados, a la fuerza, y sus desvaídas maneras de caminar y pararse. Sin hijos de profesionales de clase media con éxito en la política, sea cual fuere el gobierno. Solo asaltan el parque por las noches a fumar quetes. Pero los que vienen a jugar fútbol son muy diferentes. Desde hace una semana, en este caluroso verano de Lima, tengo la obsesión de pintar un mural en cualquier sindicato y deseo tomar como modelo a estos muchachos. He trazado infinidad de apuntes a lápiz y aún no puedo captar a plenitud su energía, su mirada juvenil y al mismo tiempo adulta, su sonrisa en rostros mestizos y, lo más notable, la plasticidad de sus movimientos, precisos, inteligentes. En suma: su verdad. También me ha llamado la atención la muchacha de los helados. Es de baja estatura y de rasgos indígenas. Examino los apuntes y en ninguno de ellos aparece su rostro bien delineado. Solo veo un borrón. Pero advierto que sí he captado la actitud de su cuerpo. Me da la impresión de que está unida a los muchachos por invisibles hilos. Pero el que llama más mi atención es el joven que recostado en un árbol espera la pelota para atajarla con las manos. Contemplo los apuntes que he tomado y luego lo observo con el largavista. Sé que no solo juega fútbol, sé que tampoco le interesa sonreírle a la muchacha de los helados ni gritar lisuriento a sus amigos. Presiento que hay otro juego y, dentro de este, otro más amplio de estremecedora belleza. De pronto se pone serio, empequeñece aún más sus ojos achinados y mira atento a la izquierda en dirección a la calle que muere en el parque. Me angustio por captar la verdad de su expresión, pero es inútil. Vuelvo a revisar los apuntes y compruebo una vez más que su juvenil sonrisa, su ceño de adulto y sus precisos movimientos se escapan como gotitas de mercurio derramadas sobre un espejo. Claro que podría bajar de mi departamento y entablar una conversación con él sobre cualquier nadería. Pero varias veces he rechazado tal idea: deseo penetrar en su verdad, en su último juego, desde aquí, desde mi ventana. Mejor establecer entre los dos una sabia distancia a fin de poder comprender su verdad a través de su figura, de sus gestos, de sus movimientos. Dejo los apuntes extendidos sobre la cama, tomo el largavista y vuelvo a mi cotidiana observación. No tiene la serena belleza de los adonis griegos ni la palidez ni flacura mística de los santos jóvenes de la pintura española, ni mucho menos la rubia y fría prepotencia de los rambos yanquis. Su mediana estatura concuerda en deslumbrante armonía con la viril contextura del cuerpo. Sus piernas duras se asientan firmes sobre el césped. Y toda su figura en esta luminosa tarde de verano no semeja el disloque grácil de cintura del David de Miguel Ángel ni el abandono femenino del San Sebastián de Guido Reni. Por entre las ramas de los árboles, llueven medallones de luz que salpican su torso desnudo, color dulce de melaza, perlado con gotas opalinas de sudor. Viste trusa vieja concho de vino y zapatillas blancas muy usadas. Mestizo, casi urbano, casi campesino, de los pueblos pobres de los arenales que cercan Lima.
Enfoco a la muchacha de los helados: sumisamente está vendiendo un barquillo al policía comando de un patrullero de Servicios Especiales que siempre hace guardia al final de la calle que muere en el parque. Los toros jóvenes se desplazan detrás de la pelota como repasando precisos movimientos de un juego que no es fútbol. Nuevamente vuelvo a mis apuntes. Sucede que con el fin de captar la luz y la sombra del parque, al pie de cada esbozo he anotado el día y la hora y minutos de cuando los hice. Los ordeno cronológicamente sobre la cama. Desecho algunos y me quedo con los mejores. Ante mi vista aparece una secuencia que cubre un periodo que va desde las cuatro y cincuenta hasta las cinco de la tarde. Descubro que los rostros están tensos y la actitud de la muchacha alerta como si se dispusiera a dar un salto. Todos miran a la calle que muere en el parque. El paisaje de fondo está hecho con finos trazos que delinean las grandes residencias de altos muros con puntiagudas rejas de protección. También aparecen, en sombra, dos autos patrulleros de la policía. En los apuntes, hecho a tres minutos para las cinco, noto, en el fondo, una mancha que se desliza desde una casa hasta el centro de la pista…
He captado el otro juego y tengo miedo. Son manchas negras que inmovilizan la tarde luminosa de verano y entonces yo estaba borracho en un bote de pescadores frente a las costas de Pucusana y el mar me atraía y el deseo de caer al fondo de un precipicio entre las cumbres de Oncay y la sangre como aserrín en la boca y ya nada podré contarle a la muertita que sacan de la casa y los cadáveres de estudiantes los tiraban como costales sobre la plataforma de un camión del ejército. Y tengo miedo y siempre seré un discreto observador de la vida y, además, con largavista. Profesor de arte, jubilado. Pintor fracasado con miles de proyectos que nunca se realizan y en mi juventud profeta de la revolución en palabras. Y sé que nunca podré meter las manos en el fuego.
Tomo el largavista. Faltan tres minutos para las cinco. Y los jóvenes, la muchacha, los policías y hasta la misma tarde calurosa se alistan, como actores, para la muerte. Hay un estruendo de dinamita. Los vidrios de mi ventana estallan en pedazos. Sirenas de patrulleros, metralletas. El carro de los helados se desliza por en medio de la calle y estalla contra un auto negro. Correrías y gritos. La muchacha de los helados dirige la retirada. Sus compañeros, sin dejar de lanzar cartuchos de dinamita, suben a la carrera a un VW. El joven que se recostaba en el árbol corre disparando un fusil corto. Lo enfoco con el largavista: ahora, sí, en su rostro descubro toda su profunda verdad.


 
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