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Conocí a Augusto Effio Ordóñez por sus magníficos
cuentos. El primero que leí de él, de una factura
impecable, fue el que ganó el premio literario de librerías
Crisol, Pie de página, y me arrobó por su formalidad,
su estructura y su estética.
Después leí su carta de amor que obtuvo el premio
de la revista Caretas, una auténtica poesía
del corazón, y ahora último el cuento con el
que se acercó peligrosamente al premio Copé
último: Lecciones de origami.
Este revelador escritor huancaíno acaba de publicar
su primer libro de cuentos, precisamente con el título
Lecciones de origami, auspiciado por la editorial Matalamanga.
Después de una lectura atenta de estos cuentos, la
soledad de los personajes queda rozándonos la piel
como un suave céfiro, y los conflictos psicológicos
martilleando en nuestra cabeza. La delimitación emocional
de los sujetos fictivos está tan bien obrada que cada
uno de ellos se convierte en un ser humano de carne y hueso,
palpitante, sufriente, tal como nos dicen los cánones
literarios que deben ser los personajes: inventados pero reales.
La percepción de estos atónitos actores que
parecen arrancados de una obra teatral de Beckett (es decir,
inusualmente lúcidos y no inusualmente vacilantes)
le otorgan ese viso de sombría ilustración a
los relatos, ese toque de genialidad que tanto admiramos en
los cuentos de los argentinos y chilenos de la última
generación. Aun cuando se tratan de cuentos urbanos,
los de Effio Ordóñez no presentan a la gran
urbe como escenario principal, sino apenas como un elemento
utilitario, de contexto, pues la verdadera locación
es la mente de los personajes. Desde mis lecturas de El lobo
estepario, de Hermann Hesse; y El lamento de Portnoy, de Philip
Roth, no había vuelto a leer narraciones tan profundamente
psicológicas y tan endiabladamente intrincadas en términos
mentales.
Este componente en Effio Ordóñez se enlaza con
la hondura: él apuesta por lo profundo, por lo formal
y complejo, sin restricciones. Esto no quiere decir que su
literatura retome las formas gravosas del barroquismo. Quiere
decir, por el contrario, que valiéndose de recursos
llanos –sumamente contemporáneos–, despliega
temas humanos de una amplitud impresionante. Aún cuando
leemos sus cuentos de temática erudita (en los que
asoma otro gran narrador psicólogo: Leonardo Sciascia),
encontramos que la materia densa del relato se halla como
atemperada en un lecho diáfano de frases perfectas.
La hondura tiene que ver también, y mucho, con las
estructuras. La preocupación por crear un mundo psicológico
paralelo al nuestro, se da mediante una complicada red de
secuencias milimétricamente planificadas, de cuyo conjunto
resulta un nuevo orden de historias, donde casi siempre el
dato escondido, los conflictos y el suspenso van integrándose
a un texto pulcro e irreprensible. Así, las tramas
nunca decaen.
Es aquí donde asoma la tercera virtud del trabajo de
Effio Ordóñez: la belleza. Sus textos, aun los
más extravagantes y complicados, exponen una escrupulosa
preocupación por el lenguaje formal, dotando al texto
de un estilo sereno y una prosa pulquérrima pocas veces
vistos. El ritmo narrativo de los cuentos, por otro lado,
se configura en otro acierto estético.
Pues, bien, Augusto, sólo nos queda estrecharte la
mano y darte la bienvenida a este terrible valle de lágrimas
que es la literatura. ::atrás
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