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CRÍTICA DE LOS MEDIOS
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Las lecciones de Effio Ordóñez
Sandro Bossio S.:: El buen salvaje
Correo. 
 

Conocí a Augusto Effio Ordóñez por sus magníficos cuentos. El primero que leí de él, de una factura impecable, fue el que ganó el premio literario de librerías Crisol, Pie de página, y me arrobó por su formalidad, su estructura y su estética.
Después leí su carta de amor que obtuvo el premio de la revista Caretas, una auténtica poesía del corazón, y ahora último el cuento con el que se acercó peligrosamente al premio Copé último: Lecciones de origami.

Este revelador escritor huancaíno acaba de publicar su primer libro de cuentos, precisamente con el título Lecciones de origami, auspiciado por la editorial Matalamanga.

Después de una lectura atenta de estos cuentos, la soledad de los personajes queda rozándonos la piel como un suave céfiro, y los conflictos psicológicos martilleando en nuestra cabeza. La delimitación emocional de los sujetos fictivos está tan bien obrada que cada uno de ellos se convierte en un ser humano de carne y hueso, palpitante, sufriente, tal como nos dicen los cánones literarios que deben ser los personajes: inventados pero reales. La percepción de estos atónitos actores que parecen arrancados de una obra teatral de Beckett (es decir, inusualmente lúcidos y no inusualmente vacilantes) le otorgan ese viso de sombría ilustración a los relatos, ese toque de genialidad que tanto admiramos en los cuentos de los argentinos y chilenos de la última generación. Aun cuando se tratan de cuentos urbanos, los de Effio Ordóñez no presentan a la gran urbe como escenario principal, sino apenas como un elemento utilitario, de contexto, pues la verdadera locación es la mente de los personajes. Desde mis lecturas de El lobo estepario, de Hermann Hesse; y El lamento de Portnoy, de Philip Roth, no había vuelto a leer narraciones tan profundamente psicológicas y tan endiabladamente intrincadas en términos mentales.

Este componente en Effio Ordóñez se enlaza con la hondura: él apuesta por lo profundo, por lo formal y complejo, sin restricciones. Esto no quiere decir que su literatura retome las formas gravosas del barroquismo. Quiere decir, por el contrario, que valiéndose de recursos llanos –sumamente contemporáneos–, despliega temas humanos de una amplitud impresionante. Aún cuando leemos sus cuentos de temática erudita (en los que asoma otro gran narrador psicólogo: Leonardo Sciascia), encontramos que la materia densa del relato se halla como atemperada en un lecho diáfano de frases perfectas.

La hondura tiene que ver también, y mucho, con las estructuras. La preocupación por crear un mundo psicológico paralelo al nuestro, se da mediante una complicada red de secuencias milimétricamente planificadas, de cuyo conjunto resulta un nuevo orden de historias, donde casi siempre el dato escondido, los conflictos y el suspenso van integrándose a un texto pulcro e irreprensible. Así, las tramas nunca decaen.

Es aquí donde asoma la tercera virtud del trabajo de Effio Ordóñez: la belleza. Sus textos, aun los más extravagantes y complicados, exponen una escrupulosa preocupación por el lenguaje formal, dotando al texto de un estilo sereno y una prosa pulquérrima pocas veces vistos. El ritmo narrativo de los cuentos, por otro lado, se configura en otro acierto estético.

Pues, bien, Augusto, sólo nos queda estrecharte la mano y darte la bienvenida a este terrible valle de lágrimas que es la literatura.  ::atrás

 
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