Quiénes hacen Matalamanga Nuestras publicaciones Qué dicen sobre nosotros Contáctanos
MATALAMANGA l publicaciones
 
LECCIONES DE ORIGAMI (FRAGMENTO)

CINCO
Al dejar el despacho de Octavio, siento sobre mis hombros y nuca el tipo de cansancio que no se calma con horas extra de sueño o de simple distracción. Pienso que los males físicos que se instalan en mi cuerpo no pueden ser superados con la misma displicencia con la que se desconecta un artefacto averiado o sobrecargado. Mis aflicciones se parecen más a la presencia de una molesta mascota que entra y sale de casa cuando le viene en gana, con las patas sucias de quién sabe qué y que no ha aprendido a depositar sus excrementos en una caja de arena o a tratar con amabilidad a los muebles. Prefiero atribuir el agotamiento a los efectos de tener circulando por mis venas una unidad menos de sangre, aunque, a ciencia cierta, no tenga idea de cuánta sangre está en juego en realidad, y si esa cantidad es suficiente para dejarme sin posibilidad de respuesta durante la reprimenda que acaba de propinarme Octavio. ¿No será acaso, a pesar de mis reticencias, que le profeso la misma devoción enfermiza que hace que todas las mujeres que tienen contacto con él, le perdonen de antemano cualquier ira o capricho, por injustificados que estos sean? De regreso a mi lugar, ubicado en el extremo opuesto de la oficina, advierto el temprano retiro de Adela en los cubículos asignados a las secretarias del ministerio. No está a la vista su carterita negra pasada de moda, fabricada con algo que quiso imitar la textura del cuero pero que terminó siendo sucedánea de alguna especie de cartón rugoso y desabrido. En el perchero se respira, además, la ausencia de su monolítico impermeable, siempre prendido de la estrechez de sus hombros, e igual de útil en el invierno y el verano. Pero, sobre todo, no está a mi alcance su sonrisa indecisa y compasiva, diciéndome que trate de comprender a Octavio, que el pobre tipo está bajo mucha presión. Sintonizada al mareo y el desconcierto que gobiernan mis músculos, abro el último cajón de mi escritorio y siento que mis manos envuelven los sucios pliegos que están dentro, a la manera de una ola que se apodera de pequeñas embarcaciones que abandonaron la seguridad de sus costas, por simple inercia, desprovista de la intención de causar ahogamientos o sobresaltos en sus tripulantes, como un hecho perfectamente natural que tiene que ver con la rotación de la Tierra alrededor del Sol o, si se quiere agregar algo imprevisible, con la antojadiza posición de la Luna y sus mareas impulsivas. Así, tambaleante, dejo el ministerio, segura de que Octavio debe estar preguntándose por qué diablos demoro tanto en regresar a su despacho con los dichosos papeles.

SEIS
Despierto con un terrible dolor de cabeza. Enciendo el televisor y me doy cuenta de que he dormido hasta la mañana del sábado, vestida con la ropa de la oficina y abrazada a los pliegos de Octavio. Necesito a gritos hablar con Adela, así que marco su número telefónico como una autómata. Me comunican, no sé bien si su madre o hermana -porque todas las voces derrotadas por el dolor y la resignación suenan igual-, que el padre de Adela no superó la operación a la que fue sometido y tomo nota de la dirección donde tendrá lugar el velorio. Por el hilo del teléfono corre la noticia de la muerte de una persona y al mundo parece no interesarle. Preparo algo de té con leche y, observando los restos de pegamento en mi antebrazo derecho, me pregunto qué habrá sido de mi sangre. Tal vez jamás llegaron a introducirla al cuerpo del padre de Adela o, quizá, haya sido este líquido turbio que observo a través de la palidez de mi piel una de las causas del fatal resultado. Mientras doy el primer sorbo, repaso con la mirada los datos que debía proporcionarle a Octavio. Estaría feliz con las cifras de este trimestre: trescientos setenta cesados y alrededor de ciento cincuenta muertes que aún no han sido comunicadas por conducto oficial. Claro, al igual que la muerte del padre de Adela, a nadie parece interesarle el destino de unos cuantos maestros de escuela. En todo caso, a nadie que no sea Octavio y su gente. Me concentro en la página final del pliego que contiene las listas y alcanzo a leer algunos nombres: Horacio Jiménez Arce. 45 años. Unidad Escolar de San Cristóbal. Fallecido. Jesús Sanabria Aliaga. 49 años. Unidad Escolar de San Cristóbal. Fallecido. Ignacio Segura Montes. 56 años. Unidad Escolar de San Cristóbal. Cesado. Y pensar que durante años y años en el ministerio, esta información pasaba por mis manos sin que yo me detuviera a analizar su contenido con ojos distintos a los de la rutina. Más allá de consolidar números, elaborar cuadros y remitir algunos oficios cuando se hacía necesario, el trabajo no exigía sino la más superficial de mis atenciones. Desde la llegada de Octavio, en cambio, hay mucha gente que está a la expectativa de mi participación; pendientes del meticuloso proceso que supuestamente me conduce a develar vidas a partir de lo que pueda impregnarse de ellas en una burda hoja de servicio y de la ruleta rusa que juego cada trimestre eligiendo a los mejores candidatos. Claro, el trabajo era así de complicado antes de la injerencia de Adela. Ahora, a decir verdad, y aunque Octavio no está enterado, el asunto es más sencillo. Al comienzo, yo recibía toneladas y toneladas de nombres y -aunque la medianía y estrechez que comparten los maestros de escuela parece ser el denominador común que los identifica en cualquier territorio- cada cual parecía cargar con una historia particular sobre sus espaldas. Mi labor consistía en identificar la carnada perfecta sin levantar sospechas, separar la paja del trigo. Eso me lo hizo saber Octavio en una de las primeras reuniones donde estuvimos a solas, luego de su nombramiento como jefe del despacho. Yo lo escuché sin replicar, atenta más que a sus palabras al resplandor de los gemelos que ataban tan bien las mangas de su camisa, pensando que debía ser por algo que muy pocos hombres hoy en día utilizan ese tipo de adminículos, que no en todos calzan con la misma distinción. Solo al salir de su despacho caí en la cuenta de que Octavio no me había dicho si existía o no un método para confeccionar las listas. Se me hizo obvio que una regla básica debía ser no seleccionar muchas personas de una sola localidad (los tumultos son siempre delatores), y por eso elegía como máximo seis o siete nombres por provincia. Era un alivio tener a la mano el dato de los maestros que solo la gente de Octavio sabía que estaban muertos; el registro de las defunciones en los libros y actas correspondientes podían dilatarse hasta por tres meses y, en realidad, era muy difícil que alguien se percatara de que sus sueldos seguían cobrándose puntualmente. En cuanto a las destituciones, suspensiones, ceses y toda esa infinidad de santos y señas burocráticos que se han creado para sancionar el normal desempeño de las labores de un maestro, yo iba marcando nombres por pura intuición: quienes se llamaran Justo o Albina o Rolando (por mencionar algunos) se me hacían sumisos y poco conflictivos, sin las agallas necesarias para llenar los cientos de formularios y tocar las puertas de miles de oficinas que se deben visitar si uno quiere reclamar por dos o tres meses de honorarios extraviados en el sistema. En cambio, si veía por allí nombres como Victoria o Esther o Rudesindo, pasaba las páginas de inmediato; algunos nombres intimidan por la sola combinación de sus letras. Sin embargo, cuando Adela apareció y le confesé el porqué es que cada trimestre me encontraba más trastornada de lo habitual, el asunto se simplificó al máximo. Primero me dijo que, si bien no estaba enterada del detalle, ya podía suponer cuál era la calidad de los encargos que yo recibía por cómo es que se comportaba Octavio conmigo: ignorando mi presencia por largas temporadas pero requiriéndome insistente y obsesivamente cuatro veces al año. Luego, agregó que ya no debía preocuparme, que ella tenía la solución para llenar esos dichosos pliegos casi sin esfuerzo ni riesgo. No te he dicho antes que a la gente de San Cristóbal puedes sacudirle el polvo de los párpados sin que se den por enterados, indicó con entusiasmo. Pues esto es lo que necesitas, dispuso sin esperar una respuesta, al mismo tiempo que marcaba los nombres que tuvieran un vínculo con esta ciudad en apariencia intrascendente.

SIETE
Me doy un baño largo y minucioso y al salir de la ducha reviso el armario para enterarme de que no tengo un vestido negro para asistir al velorio. Aún envuelta en la toalla, y con las manos mojadas, abro otro de los pliegos de Octavio y me detengo en los montos que figuran en cada uno de los cientos de cheques que repiten los nombres del pliego anterior, y se me hacen familiares los Jiménez y los Sanabria y los Segura. Son sumas insignificantes, algunas hasta ridículas, pero si una se da el trabajo de ir sumando y sumando, puede sentir el temblor natural de descubrir que entre manos se tiene una pequeña fortuna. Me visto de colores vistosos, tomo el pliego de los cheques, reviso las acreditaciones y poderes falsos que encargué durante los días que me reporté enferma. Todo está en regla, y calculo que puedo estar en el banco antes del cierre de mediodía. Todavía no alcanzo a comprender cómo es que en seis trimestres seguidos hemos seleccionado solo nombres de San Cristóbal y hasta hoy no hemos recibido ninguna señal de que esa gente haya acusado el golpe. Lo que es más difícil de creer: por los comentarios de Adela yo suponía que se trataba de un minúsculo pueblo o aldea que apenas nos daría nombres para completar una tercera parte de los pliegos que exige Octavio -aun si contábamos con la fortuna de un desastre natural que arremetiera contra la vida de la mitad de sus habitantes-; pero resulta que hasta hoy, desde que acepté la propuesta de Adela, los nombres de San Cristóbal han germinado en nuestros pliegos con una voracidad impensada. Tanto como para que hayamos decidido que no merecemos estar al margen de las ganancias que genera nuestro descubrimiento, y que ya iba siendo hora de que todo ese dinero detenga su odiosa marcha en nuestras manos. Por lo menos ese era el plan original. Los resultados de este trimestre nos aseguraban a las dos una nueva vida en cualquier parte del mundo y qué mejor que tentar suerte juntas. Lástima por Adela. Cómo saber lo de su padre. Si tuviese un vestido negro en el armario pasaría por ella, lo juro. Ambas sabemos lo mucho que nos ha costado prepararlo todo, las ganas que tengo de alejarme del ministerio, de Octavio. Me prometo a mí misma que lo primero que haré al instalarme en mi nueva residencia, será iniciar las lecciones de origami que siempre he postergado. Tengo debilidad por este tipo de homenajes melodramáticos. Sería una locura esperar hasta el lunes, Adela, tú lo sabes. Adiós, adiós, Adela querida.

OCHO
Es la primera vez que percibo el sabor de mi sangre. Descubro que es dulce, a pesar de sus tonos ocres y la excesiva densidad con la que fluye, reptando a duras penas para detenerse como polvo de escarcha, tejiendo sobre mi piel un molesto traje de gruesas islas de costra. Es una lástima que no pueda respirar con la tranquilidad suficiente para saborearla, el bulto informe que tengo por nariz ha prescindido de los orificios y mis labios han perdido terreno al plegarse en un amasijo de salivas y llagas resecas. Presiento que los ruidos metálicos que retumban en mis oídos provienen de las habitaciones contiguas, pero lo único que alcanza cierto grado de consistencia en la pretendida virginidad de esta celda de paredes revestidas de losetas blancas, es la visión de mi documento de identidad que pasa de las manos de un desconocido a las de otro entre murmullos impacientes y ceños fruncidos. Un tipo desaliñado ingresa nerviosamente al recinto y con los movimientos que genera su presencia percibo que el lugar en el que estoy es un baño muy parecido a los del ministerio, con paredes descascaradas y barrotes en lugar de espejos y ventanas. Con el sabor meloso de mi sangre rondándome la boca creo reconocer las facciones del sujeto. Cuando por fin habla con los demás -alisando sus cabellos con el sudor que extrae de los bolsillos de un pantalón inmundo y desencajado-, y pregunta si realmente era necesario golpearme de esa manera, me desilusiona aceptar que se trata de Octavio. Uno de ellos responde, destilando en cada frase un acusador tono de hartazgo, que eso a él no le incumbe y que nada habría sucedido si no fuera por la poca seriedad con la que está manejando el negocio. Los espacios desnudos de piel que ha dejado mi vestido luego de ser desgajado en la golpiza, me otorgan un pretexto conveniente para disimular el escalofrío de temor que recorre mis vértebras. Octavio se apura en balbucear una réplica, y finalmente termina por descargar era imposible sospechar de la muy perra, ensayando un timorato señalamiento con el índice. Luego se envalentona con dos certeros puntapiés que al estallar en mis costillas hacen que escupa la sangre que guardaba como miel debajo del paladar. Pues tu mosquita muerta estuvo a punto de cargar con muchos billetes, Octavio, pero cometió el error de perder sus papeles en un mugroso banco de sangre y al despacho han llamado diciendo que tú figuras como su conviviente, así que no nos vengas con cuentos. Además, Octavio, a quién se le ocurre hacer nuestras listas con gente de un pueblito perdido en los quintos infiernos, a quién creías que ibas a engañar, agrega, pausadamente, el tipo que parece estar a cargo de los demás. Octavio ensaya una mueca que nunca antes pensé ver en su rostro, los párpados transparentes, la boca entreabierta y los ojos ahogándose en su propia oscuridad, con el aire de inercia y derrota de las alas caídas sobre las que permanecen en pie las aves que construye Adela. No sé lo que nos aguarda, pero me consuelo con la idea de estar asomándome al abismo de una muerte ridícula y tener a Octavio a mi lado. Cierro los ojos con el destello de las losetas blancas hiriendo mis pupilas y después de recordar que salí del banco de sangre con la ansiedad sujetándome del cuello, tan asqueada de la pereza del enfermero y los incontables zurcidos de su bata, reparo en la posibilidad de haber olvidado solicitar de regreso mi documento de identidad y que se hayan hecho algunas llamadas para ubicarme. Cuando concluyo que todas las llamadas del despacho son contestadas por Adela, me derrota la nostalgia por sus delicadas manos amasando trozos de papel, su sonrisita traviesa y cierta luminosidad en sus gestos a la hora de convencerme que, pase lo que pase, todo va a salir bien.

 
© Grupo Editorial Matalamanga. Todos los derechos reservados, 2005 l Contáctenos l Quiénes somos