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LECCIONES DE ORIGAMI (FRAGMENTO)

TRES
Llevo una eternidad trabajando en el ministerio. Ocupo uno de esos cargos que nadie medianamente capacitado en la profesión quiere asumir. Un cargo que pasa desapercibido para los galgos partidarios que, de cuando en cuando, queman y reponen banderas en la conducción de este tipo de instituciones con el único objeto de pagar favores y asegurarse lealtades. De no mediar algún hecho decididamente extraordinario, terminaré mis días evacuando informes jurídicos del mismo soso perfil e idéntica vocación de oscurantismo de los que se sentía tan orgulloso mi antecesor, antes de la gloria de la jubilación. En todo este tiempo, la atención de mis superiores hacia el trabajo que realizo ha oscilado entre el inofensivo ninguneo y el aislamiento sistemático como forma de subrayar algún tipo de autoridad. No los culpo. La verdad es que, al margen de los reparos que me causa su retorcida concepción del ejercicio de jerarquías, de haber tenido injerencia en la decisión, yo misma me hubiese exiliado al anonimato absoluto por dos razones indiscutibles: la escasa relevancia de mi labor y, tal vez lo más importante, mi nula capacidad de generar en los demás algo distinto a la indiferencia. Esto último quiere decir que en el ministerio solo tengo compañeros de trabajo y que, si algunos pudiesen transformar su voz en voto, preferirían que mi lugar fuera ocupado por algo más agradable o utilitario como un helecho artificial o un dispensador de agua. La única persona con la que he logrado cierto grado de intimidad es con Adela, la secretaria del despacho. Me avergüenza confesar que cuando ella llegó al ministerio, a pesar de la simpatía que me causaba su aire de princesita traviesa y coqueta que no entiende de castas y fortunas, la rechacé injustamente, tratando de permanecer en la otra orilla de su condición de secretaria. Para entonces, aún creía en mi mágica incorporación a alguno de los círculos de vanidad que encierra este infierno, pero luego, a medida que fui entendiendo que no me interesaba pagar culpas ajenas en hogueras tan poco dignas, permití que Adela terminara por ganarse mi amistad. De los muchos esfuerzos que se gastó para divertirme, recuerdo que una tarde particularmente tensa y exasperante, luego de una discusión que me enfrentó a la arpía reina de la oficina -una de esas mujercitas confundidas que hace reposar su autoestima en el exceso de maquillaje, los peinados extravagantes y la absurda redundancia en los escotes-, encontré sobre mi escritorio una graciosa gacela hecha de origami. La pequeña obra de arte tenía un mensaje oculto entre sus pliegues que rezaba: no sabré yo de cuellos largos y colas levantadas, y, en la última línea, una A estilizada y tierna como firma. Cuando me interesé por el origen de esta habilidad en Adela, ella me comentó que, de donde viene, mantener las manos y la imaginación ocupadas es imprescindible si se quiere evitar caer en la locura. En su caso, agregó, había optado por el doble rigor de crear animales que nunca antes había visto y, por si fuera poco, por hacerlos nacer de algo tan insignificante como una servilleta o la hoja arrancada de un cuaderno cualquiera. Fue la primera vez que la escuché hablar de San Cristóbal, la ciudad donde nació y de donde había partido hace unos años. Debo advertir que cuando Adela refiere algún dato sobre este lugar, lo hace sin pizca de nostalgia, pero tampoco sin revelar algún tipo de resentimiento o sobresalto. Según me explicó, lo más peligroso de San Cristóbal -entre otras amenazas- son esas lánguidas y extensas horas de silencio y quietud que caracterizan a ciertas provincias (estimadas por algunos como una bendición), que lo único que hacen es llenar la cabeza de sus habitantes de promesas y expectativas que jamás llegan a realizarse. Felizmente, se apura a precisar, ella se mantuvo a salvo con el espectáculo de ver brotar de sus dedos ornitorrincos, cacatúas, ibis sagradas, cernícalos; como si sus manos tuviesen la capacidad de procrear al margen de lo que pudiera dictarle su conciencia. Gracias a este milagro, dice Adela, no tuvo tiempo de concebir ninguna esperanza. Confesiones de esta naturaleza son las que forjaron una amistad entre nosotras. Aquello y nuestra condición de excluidas de las distintas órbitas de angustia y necesidad de poder que giran alrededor del jefe de turno en el ministerio. Una muestra del especial cariño que le guardo es el hecho de haber aceptado visitar un banco de sangre. Me dijo que necesitaba cubrir una cuota mínima de aporte, como requisito para que su padre acceda a una delicada operación. De inmediato le hice saber que contaba conmigo, a pesar del pánico que me generan los dolores corporales, por mínimos que estos sean. Por todo esto, creo que no pude disimular el malestar que me produjo cruzar unas palabras con los familiares que encontré en el banco de sangre, que a simple vista se notaba habían ido a cumplir con la donación a regañadientes. Todos me interrogaban con insistencia. Estaban interesados en saber por qué los demás amigos de Adela tardaban en llegar, poniéndome al tanto de que ella no hace otra cosa sino hablar de sus grandes amistades en el trabajo y, de paso, que jamás había mencionado mi nombre.

CUATRO
Hallar un tipo como Octavio en el ministerio -fosa común de sujetos que parecen entrenados para exhibir la gracia y los modales de una hiena en cuarentena- es una rareza inexplicable que, con mayor o menor evidencia, delató el mezquino material del que estaban hechos sus inquilinos. Elegante, sobrio, provisto de las dimensiones corporales propias de un hoyo negro, desenvuelve cada uno de sus actos con perturbadora tranquilidad. No es hermoso, pero sí impecable desde cualquier punto de vista. De modales fríos y complacientes, una se regocija con el recuerdo del delicado desplazamiento de su afilada barbilla de piedra señalando el destino final de su mirada. Su ropa fina, el auto de lujo y algunos giros exquisitos de su vocabulario, lo hicieron acreedor del poco original sobrenombre de dueño del mundo, una de esas travesuras que salen de los baños de hombres entre risotadas nerviosas y alaridos de festejo que pretenden disfrazar la hediondez acusadora del ambiente. Su llegada ha significado una drástica cancelación de privilegios para ciertos grupúsculos acostumbrados a obtener títulos de nobleza relamiendo vanidades y ocultando tropiezos. Sin decir que con esto haya superado las rutinas subterráneas que dominan el real funcionamiento del ministerio, donde aún priman las intrigas y la calculada segregación de venenos como moneda de cambio oficial, es evidente que Octavio ha sabido imponer una imagen distante e inalcanzable que ha dejado sin posibilidad de respuesta a más de un asalariado que no encuentra otra forma de existir que comiendo de la mano del amo. Aunque trato de mantenerme al margen de su ominosa presencia, debo decir que sus encantos se enredan de tal forma en mis pensamientos que no hay acto público o reunión privada donde él esté presente que no me vea obligada a contener los deseos de arrojarme a sus brazos echando mano de algunas fórmulas de autocontrol aprendidas en la niñez: pensar en un nido de grillos hirviendo en un plato de comida o propinarse un buen pellizco en la zona más sensible del antebrazo. Sin embargo, tal vez por la extraña perspectiva que una adquiere al vivir en la periferia, la perfección de Octavio se me hizo desde un inicio frágil e irreal, una atractiva epidermis que tiene las mismas posibilidades de alzar vuelo que las alas de las bellas y extrañas aves de papel que Adela ha tomado costumbre de dejar sobre mi escritorio, obtenidas con el doblez correcto y mucha paciencia en la fabricación de mentiras.

 
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