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LECCIONES DE ORIGAMI (FRAGMENTO)

Lecciones de origami

"Antes de devorarlas,
el búho digiere mentalmente a sus presas".
Juan José Arreola

UNO
De todos los cuestionarios que he debido absolver en mi vida -por lo demás, una vida llena de trámites, procedimientos, censos y el gobierno absoluto de la formalidad- este ha sido, de lejos, el más impertinente e insensato. Si bien parece comprensible que los responsables de un banco de sangre tomen todas las precauciones necesarias para evaluar la calidad del material aportado por los donantes, no pueden ir preguntando, así como así, sin muestra alguna de rubor, con cuántas personas se ha tenido contacto sexual en el último año o si una considera que su menstruación es saludable. Me vienen a la cabeza estas dos preguntas porque en ambos casos mentí. Respecto a las características de mi periodo, opté por un escueto y cortante "normal", dejando sin posibilidad de reacción al sudoroso enfermero que manejaba el interrogatorio con las manías de un juez atormentado y convulso. En secreto, sin embargo, me avergoncé con el recuerdo del pegote grumoso y compacto que desciende por entre mis piernas cada tres o cuatro semanas, como si se tratara de la desesperada huida de una sanguijuela vehemente e incontenible de torpes modales que no soporta el abandono al que está condenado mi vientre, y prefiere, mil veces, lanzarse en caída libre por el destino incierto que marca la línea interior de mis muslos. Se entiende entonces el origen de mi segunda mentira cuando, al ser consultada sobre la frecuencia de mi actividad sexual y el número de personas que esta involucra, sentencié, sin el menor titubeo, que aquella era constante y, como si no fuera suficiente, con un cinismo del que no me creía capaz, agregué muy suelta de huesos que no había razón para preocuparse, por cuanto me declaraba absolutamente monógama en esos menesteres. Mientras sopesaba la satisfacción que produce mentir impunemente, decidí que Octavio era el único que merecía compartir el papel protagónico en la historia que acababa de improvisar, así que le agregué una raya más al tigre y dicté su nombre completo cuando llegó el momento de cubrir el casillero asignado para el cónyuge o concubino en el formato del cuestionario. Entonces, se apoderó de mi cuerpo un adormecimiento tan cálido y confortable, que no me importó que en los minutos siguientes alguien olvidara desconectar de mi brazo la manguerita por la que veía circular a cuentagotas una sangre espesa y excesivamente oscura que me costó reconocer como propia. Entre tanta satisfacción, me dije que tal vez era imposible que un simple donativo concluya en tragedia, pero no dejaba de saborear la idea de estar al borde de una muerte ridícula y haber tenido el atrevimiento de pensar a Octavio como parte de mi vida.

DOS
De regreso a la oficina, prefiero no comentar la experiencia de la donación, sabiendo que aquello me costará las horas de reposo que se recomiendan en estos casos. Me he reportado enferma hasta en seis oportunidades en las dos últimas semanas, así que una indisposición por motivos de salud un viernes después de la hora de almuerzo no suena nada creíble. Además, está el asunto de Octavio. Los expedientes sobre los que debo rendirle cuentas reposan en mi escritorio tal y como él los acomodó desde los días en los que empecé a ausentarme en la oficina. Sobre ellos, una delgada capa de polvo les otorga el brillo especial que adquieren algunas cosas cuando permanecen inmóviles por mucho tiempo, como si se tratara de una especie de piel que mudan los objetos inanimados cuando están fuera de nuestro alcance. Me divierto pensando en la extraña forma que tiene dios de escuchar mis plegarias, ya que confío en que la presencia de esa capa de polvo signifique también el inicio de un lento pero cuidadoso proceso que terminará por enterrar los expedientes para siempre, sin que les haya puesto las manos encima. Aunque, pensándolo bien, de nada serviría desaparecer de la faz de la tierra esos bloques de papeles cosidos, foliados y numerados que socarronamente me sonríen desde su sueño profundo y despreocupado. Sé que cualquier intento por esconder la cola del elefantiásico engranaje que supone la tramitación de los intereses que están en juego detrás de cada expediente, está destinado al fracaso. Después de todo, se trata de simples papeles que pueden ser reemplazados por otros en un abrir y cerrar de ojos, papeles igual de orgullosos de lucir el membrete del escudo nacional; babeantes de firmas, sellos, conformidades, rúbricas, proveídos; drenando, al simple contacto con el dedo de la cordura, la pus de frases grandilocuentes y huecas en las que se revuelcan -gustosos y promiscuos- los alcahuetes de la ley. Y así, un poco golpeada por la desolación de mis conclusiones, en el instante que retiro de mi antebrazo derecho el parche de bordes roídos que me incrustó de tan mala gana el enfermero del banco de sangre, me comunican que Octavio aguarda mi presencia en su despacho. Rumbo al cadalso, Adela se acerca con disimulo para advertirme que tenga cuidado; parece que hoy, el dueño del mundo está de muy mal humor.

 
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