Cuando partía el avión,
se encontraba, en la calle larga, la columna que volvía
a cruzar el puente con la que regresaba del correo.
Siempre, bajo el sol o la lluvia, siempre, alguien preguntaba
si el hombre flaco había recibido su carta.
Siempre, alguien contestaba que no.
Todos, ya tranquilizados, seguían juntos hacia el pueblo.
Siempre.
Nada había cambiado.
Un día llegó la carta.
La selva había amanecido blanca de neblina.
Comenzó a llover.
La lluvia también era blanca.
Con un tiempo así el avión no podía aterrizar.
La pista del aeropuerto era muy corta.
Un cerro al fondo convertía todo aterrizaje en una
tentativa irrevocable.
De pronto, el fantasma desesperado del avión surgió
de la blancura.
Rozó los árboles y las casitas del pueblo, describió
una curva apretada sobre el río, y tomó tierra
con elegancia.
Sacudidos por el rugido, asustados, alegres, todos los pobladores
salieron corriendo por la calle larga.
Al llegar a la altura del puente se dividieron en dos grupos.
El hombre flaco ya estaba ante la reja, inmóvil y empapado,
como si nunca se hubiera movido.
Quienes corrían hacia el aeropuerto rasparon la tragedia.
Alguien (tal vez fueron varios), comprendió que si
todos cruzaban al mismo tiempo, el puente se vendría
abajo.
Sus gritos funcionaron.
El puente no mató a nadie.
Aunque todos se habían ido, el hombre flaco no se movió.
Una de las empleadas, sonriendo, agitaba la carta en el aire.
El hombre flaco permaneció inmóvil.
El bulto de la garganta le subía y le bajaba con la
congoja de la agonía.
Tomó la carta, la guardó bajo la camisa para
protegerla de la lluvia, y se marchó.
Pensaba sentarse en el cafetín del pueblo a leerla.
El cafetín quedaba al otro extremo de la calle larga.
La carta estaba sobre su pecho.
La calle desierta brillaba como un río congelado.
Se detuvo bajo un gran árbol, donde llovía menos,
y con cuidado, para que no se mojara, abrió el sobre
y leyó la carta.
Una sola vez.
Al terminar se quedó quieto, con los ojos terribles
perdidos y el pliego de papel sostenido con la mano derecha.
Una gota grande de lluvia cayó sobre la carta.
El papel tembló.
Cuando pasó el efecto de la gota la carta siguió
temblando.
La manzana de la garganta sollozaba.
El hombre flaco, lentamente, rompió la carta y el sobre.
Hizo una pelotita mojada.
La arrojó en un charco, al pie del árbol.
Echó a andar.
El agua le corría por el rostro.
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