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UN HOMBRE FLACO BAJO LA LLUVIA

El avión también se iba silenciando.
Poco a poco.
Una de las empleadas gritaba: "Ya no hay más".
Quienes se habían quedado sin carta permanecían inmóviles unos segundos.
Aceptaban la semana vacía que comenzaba, sorprendidos de lo larga que era la calle y lo cerca que estaba la selva.
Como no había otra cosa que hacer, se marchaban lentamente, avergonzados de no haber recibido nada.
Solo se quedaba el hombre flaco.
Era alto y muy flaco.
Parecía formado de huesos y ropa.
Resultaba difícil imaginar que tenía vida interior.
Tal vez no la tenía.
Sus ojos terribles decían lo contrario.
Dos pozos brillantes de fiebre.
Ojos de ciego que lo han visto todo.
O que no han visto nada.
La nuez de la garganta, enorme, era un tumor a punto de reventar entre los dos alambres tirantes del cuello.
Producía la sensación de una congoja perpetua.
La menor emoción la agitaba desesperadamente.
El resto del hombre flaco permanecía inmóvil y tranquilo.
Desde hacía un año, cada vez que llegaba el avión, se plantaba ante la reja del correo, en primera fila.
Jamás gritaron su nombre.
Todos lo conocían como "el hombre flaco".
Excepto las empleadas del correo, que se lo preguntaron el primer día que lo vieron, cuando ya todos se habían ido, inmóvil ante las rejas.
Como un barrote más.
Las empleadas, por turno, le indicaban con un gesto a distancia que no había carta para él.
No estaban seguras de que se fijaba en ellas.
Siempre se marchaba sin que se dieran cuenta.
"Desaparece nomás", comentó una.
Era tan flaco que nadie se animaba a dirigirle la palabra.
Poco a poco, a todo lo largo del año, se difundió la noticia de que nunca recibía una carta.
A menudo alguien chismorreaba: "La vez pasada tampoco".
Semana tras semana, sin que nadie lo supiera ni lo negara, el hombre flaco se fue convirtiendo en el consuelo y la paciencia de quienes no recibían carta.
Nadie recordaba haberlo visto por el pueblo, donde todos se conocían.
O creían conocerse.
Alguien decía haberlo visto.
Pero no con seguridad.
Era tan flaco que podía tratarse de una sombra en la lluvia o del polvo en el viento.



 
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