E
n el pueblo no había cartero.
Ni falta que hacía.
El correo era un cuartucho maloliente que hervía a
40 grados a la sombra agujereada del techo de palma.
Cuando llovía, casi siempre, las cartas que no eran
recogidas de inmediato, se mojaban.
Las dos empleadas también se mojaban.
Las cartas llegaban por avión cada semana.
Los aviones, a veces, se estrellaban y desaparecían
entre los árboles.
Las cartas se mojaban hasta pudrirse en el monte.
Los pasajeros también se mojaban hasta pudrirse.
En algunas ocasiones, muy raras, encontraban los restos del
avión y rescataban pedazos de cadáveres en sacos
negros de plástico.
Las cartas no eran rescatadas.
Temprano o tarde los pasajeros y las cartas eran olvidados.
Cuando llegaba el avión, los pobladores se dividían
en dos grupos desiguales: los que esperaban, despedían
o iban a viajar, y los que aguardaban correspondencia.
El pueblo se quedaba desierto.
Cuando el avión no llegaba, los pobladores no se dividían.
El pueblo también se quedaba desierto,
El aeropuerto estaba al otro lado del río.
El correo quedaba de este lado, aunque en el extremo más
lejano de la calle principal, a unos metros antes de volver
a la selva.
En el otro extremo más lejano, la calle nacía
unos metros después de salir de la selva.
Los que iban al aeropuerto cruzaban el río por un puente
colgante, que se caía cada cierto tiempo arrastrado
por las crecientes del invierno.
Los que esperaban correspondencia no cruzaban el río.
Se amontonaban ante el correo y gritaban sus nombres apenas
llegaba la valija.
Las dos empleadas gritaban los nombres escritos en los sobres,
esforzándose para no equivocarse.
Se equivocaban a cada rato.
La algarabía humorística de ese contrapunto
de nombres que iban y venían, creaba un coro desafinado.
El coro se arrastraba por la calle larga hacia el pueblo desierto.
Los que habían ido al aeropuerto no oían el
coro, en parte por la distancia y el río, y en parte
por el motor del avión, que el piloto no apagaba a
fin de levantar el vuelo cuanto antes.
Sabían lo que estaba ocurriendo en el correo.
Alguna vez habían esperado cartas.
Los que esperaban cartas sabían lo que estaba ocurriendo
en el aeropuerto.
A pesar de los gritos escuchaban perfectamente el motor del
avión.
Poco a poco el montón de gente se iba reduciendo y
silenciando.
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