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LA EVASIÓN: CAPÍTULO UNO

El muchachito regresa, procede con la recaudación con el cuaderno en la mano. ¿A qué cajita terminará metiéndose? El público apuesta, dependiendo de la ninfa, de la impresión que cada una haya causado. Momentos después se oye un redoble de tambor. El viejo alza al cocodrilo de la cola, gira con rapidez y luego de dar suficientes vueltas —se sabe que este animal no se marea así nomás— lo coloca al centro del ruedo. Las ninfas se miran por última vez en los espejos que sus seguidores les alcanzan. El cocodrilo, solo al centro del ruedo, da un giro brusco, se detiene frente a una ninfa enclenque, a la que todos reprochan haberse sobrepasado a la hora de aplicarse el maquillaje: rápidamente el animal fija la mirada en su vecina; sin embargo, esta de aquí, al ser acometida tan violentamente, pierde el equilibrio y se tambalea. La que está a su lado, más intrépida, aceza al animal a gritos. El cocodrilo voltea, da un paso adelante, se detiene; con la boca ligeramente abierta, mira a la ninfa que, a poco de haber callado, comienza a bailar. Al principio el animal permanece indiferente, pero poco a poco el baile va despertando su curiosidad, y llega incluso a dar un paso adelante. La ninfa decide celebrar esta victoria introduciendo una variante en el movimiento, con lo que consigue que el cocodrilo dé un nuevo paso en dirección a la caja sobre la que preside.

Agitando billetes que luego dejan caer sobre el recipiente que Marlon les extiende, no sin antes asegurarse de que el muchachito del antifaz haya anotado el monto correspondiente en el cuaderno, el público insta a las otras ninfas a moverse con mayor determinación. Estas acogen el pedido con presteza, agitan caderas y hombros con el fin de imprimir brío a los pasos del baile que cada una va improvisando. Poco a poco le van perdiendo el miedo a que, por culpa de un movimiento demasiado brusco, la capa de polvo que les cubre la cara se descascare, quedando expuesta su verdadera fisonomía.

El cocodrilo da vueltas por el ruedo, olisqueando las volutas que brotan de las cajas. En realidad, basta con que se acerque lo suficiente como para respirar el aroma de los insectos que, en el interior, se doran sobre los carbones, para que las posibilidades de verlo escurrirse por el umbral se incrementen de manera exponencial. Las ninfas, ante la insistencia de los que comienzan a impacientarse, sienten el peso del deber que sobre ellas recae. En sus manos está que el premio no sea declarado desierto. Cuando esto sucede, la multitud se pone furiosa, no solo por el dinero perdido en las apuestas, sino porque al no haber ninfa ganadora no hay banquete de celebración; en cumplimiento con lo estipulado, se tiende al animal sobre un anda, para luego conducirlo en procesión hasta los manglares, en cuyas orillas es dejado en libertad. Empobrecida y hambrienta, la gente se pasa el resto de la noche maldiciendo al viejo.

Esta vez es bien poco probable que suceda algo así: el cocodrilo no deja de moverse, no ha dejado de moverse desde que se lo soltó. Pero habría que tomar en cuenta, también, el entusiasmo del público: el menor movimiento de la cola es celebrado con una explosión de aplausos. Por si esto fuera poco, cada giro de la cabeza hace que aumente el monto de las apuestas: ojo que está permitido cambiar de opinión, apostar por una ninfa que se pensó que no valía gran cosa y luego resulta que sí. Los números de las cajas a las que se acerca el cocodrilo son pronunciados en voz alta y, cuando en su afán de husmear, el animal hunde el hocico y luego toda la cabeza en una de esas fosas oscuras y calurosas, tanto la ninfa que preside sobre la caja como todos los que apostaron por ella la alientan para que siga moviéndose, se anticipan a la victoria y comienzan a celebrar. El animal se escurre por el túnel, pero cuando afuera queda solamente la cola, comienza a retroceder. La ninfa derrotada se deja caer sobre el trono y rompe en lágrimas.

Es de esperarse que al cabo de cierto tiempo el animal empiece a dar signos de agotamiento. El cocodrilo da un giro brusco que lo deja bamboleándose sobre el lomo, boca arriba. Marlon tiene que ingresar al ruedo, empujarlo con el pie para que, por la acción de su propio peso, caiga sobre sus pies. Entonces, cuando parecía a punto de caer privado, avanza hacia la tercera de las ninfas, sin duda la más hermosa y quien mejor baila, respirando el humo que escapa por el agujero de la caja y penetrando en ella hasta desaparecer por completo. El silencio se adueña de la sala: tanta expectativa hace que el final parezca demasiado abrupto. Pero pronto se dejan oír los primeros aplausos, y con ellos las voces de júbilo, acompañadas por la explosión de unos petardos con que Marlon consigue siempre que la gente se disperse. El muchachito del antifaz ingresa al ruedo, sella con una tapa que encaja perfectamente en el agujero de la caja a la que ha ingresado el cocodrilo. La ninfa ganadora pega un brinco, se deja caer sobre la multitud que se aglomera alrededor de su trono.

Quien la atrapa en sus brazos se encarga de conducirla a la habitación en la que, de acuerdo a lo estipulado, Marlon se encargará de agasajar a la ninfa y a quienes apostaron por ella; se rumorea que una vez más preparará para todos uno de esos guisos por los que se ha hecho conocido. En efecto, camino a la habitación, los elogios de sus habilidades culinarias se mezclan con las descripciones pormenorizadas de su exquisita sazón. Cierto o no, lo que se dice despierta el apetito de todos, incluso el de quienes, en algún momento de la noche, juraron que no pensaban probar bocado, fuera porque estaban indigestos, o simplemente porque ya habían comido y no tenían hambre.



 
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