El
muchachito regresa, procede con la recaudación con
el cuaderno en la mano. ¿A qué cajita terminará
metiéndose? El público apuesta, dependiendo
de la ninfa, de la impresión que cada una haya causado.
Momentos después se oye un redoble de tambor. El viejo
alza al cocodrilo de la cola, gira con rapidez y luego de
dar suficientes vueltas —se sabe que este animal no
se marea así nomás— lo coloca al centro
del ruedo. Las ninfas se miran por última vez en los
espejos que sus seguidores les alcanzan. El cocodrilo, solo
al centro del ruedo, da un giro brusco, se detiene frente
a una ninfa enclenque, a la que todos reprochan haberse sobrepasado
a la hora de aplicarse el maquillaje: rápidamente el
animal fija la mirada en su vecina; sin embargo, esta de aquí,
al ser acometida tan violentamente, pierde el equilibrio y
se tambalea. La que está a su lado, más intrépida,
aceza al animal a gritos. El cocodrilo voltea, da un paso
adelante, se detiene; con la boca ligeramente abierta, mira
a la ninfa que, a poco de haber callado, comienza a bailar.
Al principio el animal permanece indiferente, pero poco a
poco el baile va despertando su curiosidad, y llega incluso
a dar un paso adelante. La ninfa decide celebrar esta victoria
introduciendo una variante en el movimiento, con lo que consigue
que el cocodrilo dé un nuevo paso en dirección
a la caja sobre la que preside.
Agitando billetes que luego
dejan caer sobre el recipiente que Marlon les extiende, no
sin antes asegurarse de que el muchachito del antifaz haya
anotado el monto correspondiente en el cuaderno, el público
insta a las otras ninfas a moverse con mayor determinación.
Estas acogen el pedido con presteza, agitan caderas y hombros
con el fin de imprimir brío a los pasos del baile que
cada una va improvisando. Poco a poco le van perdiendo el
miedo a que, por culpa de un movimiento demasiado brusco,
la capa de polvo que les cubre la cara se descascare, quedando
expuesta su verdadera fisonomía.
El cocodrilo da vueltas por
el ruedo, olisqueando las volutas que brotan de las cajas.
En realidad, basta con que se acerque lo suficiente como para
respirar el aroma de los insectos que, en el interior, se
doran sobre los carbones, para que las posibilidades de verlo
escurrirse por el umbral se incrementen de manera exponencial.
Las ninfas, ante la insistencia de los que comienzan a impacientarse,
sienten el peso del deber que sobre ellas recae. En sus manos
está que el premio no sea declarado desierto. Cuando
esto sucede, la multitud se pone furiosa, no solo por el dinero
perdido en las apuestas, sino porque al no haber ninfa ganadora
no hay banquete de celebración; en cumplimiento con
lo estipulado, se tiende al animal sobre un anda, para luego
conducirlo en procesión hasta los manglares, en cuyas
orillas es dejado en libertad. Empobrecida y hambrienta, la
gente se pasa el resto de la noche maldiciendo al viejo.
Esta vez es bien poco probable
que suceda algo así: el cocodrilo no deja de moverse,
no ha dejado de moverse desde que se lo soltó. Pero
habría que tomar en cuenta, también, el entusiasmo
del público: el menor movimiento de la cola es celebrado
con una explosión de aplausos. Por si esto fuera poco,
cada giro de la cabeza hace que aumente el monto de las apuestas:
ojo que está permitido cambiar de opinión, apostar
por una ninfa que se pensó que no valía gran
cosa y luego resulta que sí. Los números de
las cajas a las que se acerca el cocodrilo son pronunciados
en voz alta y, cuando en su afán de husmear, el animal
hunde el hocico y luego toda la cabeza en una de esas fosas
oscuras y calurosas, tanto la ninfa que preside sobre la caja
como todos los que apostaron por ella la alientan para que
siga moviéndose, se anticipan a la victoria y comienzan
a celebrar. El animal se escurre por el túnel, pero
cuando afuera queda solamente la cola, comienza a retroceder.
La ninfa derrotada se deja caer sobre el trono y rompe en
lágrimas.
Es de esperarse que al cabo
de cierto tiempo el animal empiece a dar signos de agotamiento.
El cocodrilo da un giro brusco que lo deja bamboleándose
sobre el lomo, boca arriba. Marlon tiene que ingresar al ruedo,
empujarlo con el pie para que, por la acción de su
propio peso, caiga sobre sus pies. Entonces, cuando parecía
a punto de caer privado, avanza hacia la tercera de las ninfas,
sin duda la más hermosa y quien mejor baila, respirando
el humo que escapa por el agujero de la caja y penetrando
en ella hasta desaparecer por completo. El silencio se adueña
de la sala: tanta expectativa hace que el final parezca demasiado
abrupto. Pero pronto se dejan oír los primeros aplausos,
y con ellos las voces de júbilo, acompañadas
por la explosión de unos petardos con que Marlon consigue
siempre que la gente se disperse. El muchachito del antifaz
ingresa al ruedo, sella con una tapa que encaja perfectamente
en el agujero de la caja a la que ha ingresado el cocodrilo.
La ninfa ganadora pega un brinco, se deja caer sobre la multitud
que se aglomera alrededor de su trono.
Quien la atrapa en sus brazos
se encarga de conducirla a la habitación en la que,
de acuerdo a lo estipulado, Marlon se encargará de
agasajar a la ninfa y a quienes apostaron por ella; se rumorea
que una vez más preparará para todos uno de
esos guisos por los que se ha hecho conocido. En efecto, camino
a la habitación, los elogios de sus habilidades culinarias
se mezclan con las descripciones pormenorizadas de su exquisita
sazón. Cierto o no, lo que se dice despierta el apetito
de todos, incluso el de quienes, en algún momento de
la noche, juraron que no pensaban probar bocado, fuera porque
estaban indigestos, o simplemente porque ya habían
comido y no tenían hambre. 
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