Ocupados
ya los siete tronos, la multitud abandona la tarima y se congrega
alrededor del ruedo.
—¡Permiso! —pide
una voz.
La gente se aparta para dejar
pasar al viejo, que avanza por la oscuridad con el cuerpo
doblado, arrastrando un costal de lona blanca. La pregunta
por su contenido —algo se agita en su interior—
se deja oír entre la multitud. Pero las ninfas, sentadas
en sus respectivos tronos, permanecen impávidas, dueñas
de una sangre fría ejemplar. Con la ayuda del muchachito
del antifaz Marlon coloca el bulto al centro del ruedo, con
un pañuelo se seca el sudor que chorrea por su frente,
y mira a los presentes con una sonrisa. La luz de la bombilla
no le favorece: pone en evidencia la textura cerosa de su
cutis, acentúa la delgadez de su nariz y vuelve más
prominentes sus pómulos. Igual, no deja de ser el blanco
de los más ingeniosos piropos, a los que responde siempre
con una sonrisa amable, por más que no le hace ninguna
gracia que le hablen así.
Sin decir una palabra, alza
el costal, lo voltea y lo sacude con fuerza. Tanto movimiento
hace que se eleve una nube de polvo que por un instante lo
vela todo, de manera que para averiguar qué es lo que
acaba de caer es preciso esperar unos segundos, el tiempo
suficiente como para que la nube se disipe.
La aparición del cocodrilo
pone a todos a temblar. Se trata, evidentemente, de una criatura
inteligente, provista de una sabiduría instintiva y
de una intuición refinada por los milenios. De allí
que la escena que de buenas a primeras le ha tocado protagonizar
no parezca conmoverlo: permanece quieto, respirando con lentitud
y parpadeando de una manera casi mecánica, cómodamente
envuelto en el halo que brota de la superficie de su cuerpo,
como un emblema más de su ilustre linaje. A la luz
de la bombilla las escamas arrojan fulgores. Las ninfas lo
contemplan con envidia, se revuelven en sus tronos haciendo
crujir la madera de los respaldos. Hace ya tiempo que le vienen
pidiendo a Marlon que no mande que le lustren el lomo, tanto
brillo las hace temblar. El cocodrilo sigue quieto, pero luego
da un paso y las ninfas se ponen de pie, desprendiéndose
de las batas que las cubren, saltando sobre el sitio y recibiendo
sin mirar a quien les alcanza el vaso con el agua con que
se enjuagarán la boca, antes de escupir y así
provocar al animal.
El cocodrilo comienza a dar
vueltas, atraído por el olor que brota del interior
de las cajas. Las ninfas lo retan con gritos que se suman
a los que pega el público. No hay parte de su cuerpo
que no merezca ser observada con detenimiento —el hocico,
la carne mofletuda al borde de la nariz y los labios, el tronco
grueso y duro, las patas envueltas en un tejido cartilaginoso
y transparente— aunque no cabe duda de que lo más
fascinante es la autoridad que le confiere lo que se dice
acerca de él, que es uno de los pocos que quedan, que
pronto llegará el día en que animales como él
no existirán más. Los rumores acerca de su procedencia
son muchos, dicen que lo trae un comerciante de orquídeas,
que entre las cajas de hielo destinadas a preservar la lozanía
de las flores ha sido necesario habilitar una piscina de agua
dulce; se habla también de un calentador destinado
a recrear los calores tropicales, pero basta con preguntarse
qué pasaría con el hielo sobre el que viajan
las flores para darse cuenta de que esto es una mentira. En
realidad, sus orígenes no son tan exóticos como
muchos quisieran imaginar: lo cazan en los manglares, a menos
de un kilómetro de aquí, se le paga a un vendedor
de conchas negras para que tienda una red en uno de los remansos
en los que estos animales abundan.
Las ninfas responden con gestos
amables —aunque comedidos— a las invocaciones
que les hacen los que ya las conocen y desde las tinieblas
les desean la mejor de las suertes. Se ajustan las camisetas,
saltan sobre el sitio estirando brazos y piernas; han acumulado
lucha experiencia y saben que en estos momentos iniciales,
una vez que han retado al animal todo lo que han querido,
deben olvidarse de él por lo menos un momento, pensar
un poco en su estrategia. Las más piadosas aprovechan
esta oportunidad para cerrar los ojos y encomendarse a la
santa cuya imagen decora los escapularios que besan y luego
se guardan entre los pechos.
El animal abre la boca, pega
un brinco y trata de morder la pierna de una que, impaciente,
se atreve a tentarlo. El viejo vuelve a aparecer, se coloca
detrás del cocodrilo para sujetarlo por la cola mientras
el muchachito del antifaz le da lectura a las reglas. Prohibido
ingresar al ruedo. Toda comunicación con el animal
debe hacerse a través de las señoritas. Las
ninfas se sonrojan, cosa que hace reír a muchos.
—Son ustedes las encargadas
de conseguir —les dice el muchachito del antifaz, con
la voz resuelta y el tono enfático que empleara un
general para arengar a sus tropas en vísperas de una
contienda decisiva— que el animal se meta en la cajita
sobre la que presiden.
Todos saben que el agujero
que hay bajo el número que aparece pintado en cada
caja conduce a una recámara oscura, y que al fondo,
a manera de carnada, un sabroso surtido de insectos crocantes
se cocina sobre parrillas de metal. Sin embargo, que el cocodrilo
ingrese o no depende en última instancia de las ninfas,
de su habilidad para atrapar a ese animal caprichoso y por
lo general indiferente a todo.
—¿Está
todo claro?
El muchachito del antifaz
no recibe respuesta: puede ir en busca del cuaderno.
Marlon, que sigue sujetando al cocodrilo, le pide que se apure:
el animal no quiere quedarse quieto, por primera vez se advierte
un ligero desconcierto en su mirada, como si por fin se hubiese
dado cuenta de que se halla lejos de las humedades a las que
está acostumbrado. Menea la cola con fuerza y, cuando
el viejo lo alza del lomo, mueve las patitas como si nadara,
para atrás y luego para adelante. A lo largo de todo
este movimiento levanta una polvareda que para bien de la
mayoría impide apreciar su dentadura, su lengua pastosa
y rosada: las ninfas son las únicas que ven cómo
se abre esa boca, aunque es difícil que pase desapercibido
el picante aroma que se extiende por el aire.
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