El público suspira,
el muchachito del antifaz tira de otro cordel y desde lo alto,
por obra de un complejo mecanismo de poleas, desciende un
rótulo con la siguiente inscripción:
Paraje solitario, rincón
de paz, mira y aguarda, mortal
En medio del claro, al resguardo de
la vegetación que se alza en el perímetro, el
cuerpo apoyado sobre la cadera y la cabeza recostada sobre
el brazo extendido a lo largo, la ninfa abre los ojos. Parpadea
con lentitud para que nadie deje de reparar en esas pestañas
tan largas, colocadas con tanto esfuerzo.
Tampoco ha de pasar desapercibido
el maquillaje, aplicado con extremo cuidado. Los polvos han
logrado disimular el deterioro del cutis. El rostro que el
público contempla es el de una muchacha joven. Del
cuerpo es imposible hacerse una idea, por estar todavía
recostada: solo se percibe el brillo que arroja el paño
del que está hecha la pantaloneta, ceñida a
las caderas que laten bajo la luz.
Marlon, atento desde que se abrió
el telón a las reacciones que suscita la criatura,
suelta un suspiro de alivio al no advertir el menor rastro
de incredulidad en ninguno de los rostros que alcanza a divisar
desde su escondite.
Contribuyen a la ilusión la
vegetación simulada a la perfección en el cartón,
las ráfagas de aire caliente disparadas por una estufa
oculta entre las matas, lo mismo que los altavoces por los
que brotan todos y cada uno de los ruidos que uno esperaría
encontrar en semejante lugar: graznidos, aleteos de ave a
punto de echar a volar, aullidos distantes y uno que otro
rugido ensordecedor, desplegándose bajo el zumbido
amable de los insectos que duermen en la espesura.
La ninfa se pone de pie, despejando
por fin cualquier duda acerca del porte y el grosor de su
talle. Extiende los brazos con una lentitud en la que todavía
se perciben los efectos del sueño. Se examina las manos,
pero al rato pierde interés y las deja caer. La luz
alcanza su potencia más alta en el preciso instante
en que los ojos, fijos en la distancia, se abren con desmesura.
¿Qué portento le ha sido dado presenciar? Sin
que disminuya el asombro al que alude su expresión,
se agacha para examinar la imagen que la fuente le devuelve.
Más de un espectador se siente
al borde del desmayo al verla extender los brazos, de seguro
con el fin de traspasar la superficie de ese espejo que la
solicita con un lenguaje que nadie comprende. Sin embargo,
antes de que las manos completen el recorrido, pega un brinco
que la hace retroceder.
Bruscamente disminuye la intensidad
de la luz, el claro se oscurece y la ninfa se agacha, retrocede
y mira en ambas direcciones, se encoge y cruza las piernas,
cruzándose también de brazos. Cierra los ojos
y se deja caer al suelo, permaneciendo inmóvil el tiempo
que los aplausos demoran en hacerse oír.
El sentido de tan misterioso episodio,
y el patético final al que conduce, exceden la comprensión
de la mayoría. Marlon se exaspera al ver con cuánto
ánimo aplaude la gente, se da cuenta de que una vez
más nadie ha entendido nada. Aun así deja que
todo continúe, que el espectáculo prosiga de
acuerdo a lo estipulado. Alentada por los aplausos, cuyo estruendo
tiene el poder de resucitarla, la ninfa se levanta para dar
las gracias. Respira hondo, sonríe, se lleva una mano
a los labios, con gesto de exagerada modestia se seca las
lágrimas que se empozan en sus ojos y amenazan con
arruinarle el maquillaje.
Después de dar las gracias
una vez más se adelanta para recibir los ramos que
el muchachito del antifaz le alcanza desde abajo, antes de
trepar y ofrecerle el brazo.
Juntos, bajan de la tarima y, una
vez en el suelo, sin que haya que dar ninguna orden, la gente
se hace a un lado para que la pareja pueda pasar. El círculo
de arena blanca, iluminado por una bombilla que desciende
desde lo alto, refulge tembloroso en la distancia. Alrededor
se distinguen las formas de los tronos —siete en total—
montados sobre cajas perforadas de acuerdo a lo pautado; debidamente
numeradas, están decoradas a la usanza, con cintas,
ramos y medallones, estampas religiosas, reliquias y frascos
llenos de hojas y raíces sumergidas en sustancias viscosas.
La ninfa se encamina hacia el ruedo
del brazo del muchachito, cuyo deber consiste en garantizar
que los presentes se formen una idea exacta de sus atributos.
La conduce con lentitud, como si se tratara de un animal de
competencia; cada cierto tiempo la obliga a adelantarse y,
luego de pedirle que se detenga, alza la mano para que gire
sobre sus talones, apartándose un poco para que todos
puedan verla mejor. Al llegar al ruedo la ninfa se sienta
en el primero de los tronos, deja el ramo de flores al pie
de la caja y se deja caer sobre el respaldo, cubriéndose
el cuerpo con la bata que el muchachito le alcanza antes de
retirarse. Sentada, espera en silencio a que haga su aparición
la siguiente de las seis que faltan. El acto se repite tal
cual: aparece la ninfa en escena, ejecuta con precisión
los movimientos tal como lo exige el viejo en los ensayos,
una tras otra se encaminan hacia el ruedo, y el público
se encarga de debatir cuál es la favorita. La especulación
suele dar lugar a encontradas discusiones: el viejo las escoge
bien, y nunca hay una que dé la impresión de
no estar a la altura. Es más, tres o cuatro de las
siete que se presentan cada noche son veteranas, han logrado
hacerse un nombre con el tiempo, de eso puede dar fe la devoción
de los que se declaran seguidores suyos y todas las noches
apuestan por ellas.
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