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LA EVASIÓN: CAPÍTULO UNO

El público suspira, el muchachito del antifaz tira de otro cordel y desde lo alto, por obra de un complejo mecanismo de poleas, desciende un rótulo con la siguiente inscripción:

Paraje solitario, rincón de paz, mira y aguarda, mortal

En medio del claro, al resguardo de la vegetación que se alza en el perímetro, el cuerpo apoyado sobre la cadera y la cabeza recostada sobre el brazo extendido a lo largo, la ninfa abre los ojos. Parpadea con lentitud para que nadie deje de reparar en esas pestañas tan largas, colocadas con tanto esfuerzo.

Tampoco ha de pasar desapercibido el maquillaje, aplicado con extremo cuidado. Los polvos han logrado disimular el deterioro del cutis. El rostro que el público contempla es el de una muchacha joven. Del cuerpo es imposible hacerse una idea, por estar todavía recostada: solo se percibe el brillo que arroja el paño del que está hecha la pantaloneta, ceñida a las caderas que laten bajo la luz.

Marlon, atento desde que se abrió el telón a las reacciones que suscita la criatura, suelta un suspiro de alivio al no advertir el menor rastro de incredulidad en ninguno de los rostros que alcanza a divisar desde su escondite.

Contribuyen a la ilusión la vegetación simulada a la perfección en el cartón, las ráfagas de aire caliente disparadas por una estufa oculta entre las matas, lo mismo que los altavoces por los que brotan todos y cada uno de los ruidos que uno esperaría encontrar en semejante lugar: graznidos, aleteos de ave a punto de echar a volar, aullidos distantes y uno que otro rugido ensordecedor, desplegándose bajo el zumbido amable de los insectos que duermen en la espesura.

La ninfa se pone de pie, despejando por fin cualquier duda acerca del porte y el grosor de su talle. Extiende los brazos con una lentitud en la que todavía se perciben los efectos del sueño. Se examina las manos, pero al rato pierde interés y las deja caer. La luz alcanza su potencia más alta en el preciso instante en que los ojos, fijos en la distancia, se abren con desmesura. ¿Qué portento le ha sido dado presenciar? Sin que disminuya el asombro al que alude su expresión, se agacha para examinar la imagen que la fuente le devuelve.

Más de un espectador se siente al borde del desmayo al verla extender los brazos, de seguro con el fin de traspasar la superficie de ese espejo que la solicita con un lenguaje que nadie comprende. Sin embargo, antes de que las manos completen el recorrido, pega un brinco que la hace retroceder.

Bruscamente disminuye la intensidad de la luz, el claro se oscurece y la ninfa se agacha, retrocede y mira en ambas direcciones, se encoge y cruza las piernas, cruzándose también de brazos. Cierra los ojos y se deja caer al suelo, permaneciendo inmóvil el tiempo que los aplausos demoran en hacerse oír.

El sentido de tan misterioso episodio, y el patético final al que conduce, exceden la comprensión de la mayoría. Marlon se exaspera al ver con cuánto ánimo aplaude la gente, se da cuenta de que una vez más nadie ha entendido nada. Aun así deja que todo continúe, que el espectáculo prosiga de acuerdo a lo estipulado. Alentada por los aplausos, cuyo estruendo tiene el poder de resucitarla, la ninfa se levanta para dar las gracias. Respira hondo, sonríe, se lleva una mano a los labios, con gesto de exagerada modestia se seca las lágrimas que se empozan en sus ojos y amenazan con arruinarle el maquillaje.

Después de dar las gracias una vez más se adelanta para recibir los ramos que el muchachito del antifaz le alcanza desde abajo, antes de trepar y ofrecerle el brazo.

Juntos, bajan de la tarima y, una vez en el suelo, sin que haya que dar ninguna orden, la gente se hace a un lado para que la pareja pueda pasar. El círculo de arena blanca, iluminado por una bombilla que desciende desde lo alto, refulge tembloroso en la distancia. Alrededor se distinguen las formas de los tronos —siete en total— montados sobre cajas perforadas de acuerdo a lo pautado; debidamente numeradas, están decoradas a la usanza, con cintas, ramos y medallones, estampas religiosas, reliquias y frascos llenos de hojas y raíces sumergidas en sustancias viscosas.

La ninfa se encamina hacia el ruedo del brazo del muchachito, cuyo deber consiste en garantizar que los presentes se formen una idea exacta de sus atributos. La conduce con lentitud, como si se tratara de un animal de competencia; cada cierto tiempo la obliga a adelantarse y, luego de pedirle que se detenga, alza la mano para que gire sobre sus talones, apartándose un poco para que todos puedan verla mejor. Al llegar al ruedo la ninfa se sienta en el primero de los tronos, deja el ramo de flores al pie de la caja y se deja caer sobre el respaldo, cubriéndose el cuerpo con la bata que el muchachito le alcanza antes de retirarse. Sentada, espera en silencio a que haga su aparición la siguiente de las seis que faltan. El acto se repite tal cual: aparece la ninfa en escena, ejecuta con precisión los movimientos tal como lo exige el viejo en los ensayos, una tras otra se encaminan hacia el ruedo, y el público se encarga de debatir cuál es la favorita. La especulación suele dar lugar a encontradas discusiones: el viejo las escoge bien, y nunca hay una que dé la impresión de no estar a la altura. Es más, tres o cuatro de las siete que se presentan cada noche son veteranas, han logrado hacerse un nombre con el tiempo, de eso puede dar fe la devoción de los que se declaran seguidores suyos y todas las noches apuestan por ellas.

 

 
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