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onseguir un buen sitio no es tan complicado como vienen asegurando
algunos, pues si bien el espectáculo está programado
para después de las doce, las puertas se abren por
lo general a eso de las diez. De manera que no hay necesidad
de hacer cola afuera: cada quien es libre de instalarse donde
mejor le parezca, con tanta antelación como crea conveniente,
siempre y cuando cuide de no estorbar a los que, bajo la dirección
del muchachito del antifaz, van y vienen por el galpón
asegurándose de que todo está en su sitio: la
tarima con el decorado, la plataforma con el reflector y la
consola, las cajas con los tronos y el ruedo en donde el animal
será depositado en cuestión de horas. ¿Ya
lo tienen aquí? Los que llegan temprano aprovechan
para preguntarle al muchachito del antifaz si acaso sería
posible pasar a verlo, creyendo quizás que el hecho
de haber asomado la cara cuando todavía hay muy poca
gente les da derecho a ciertos privilegios. El muchachito
tiene orden de responder que el animal no ha llegado todavía,
aunque es cosa sabida que lo suelen despachar temprano y que
se pasa la tarde esperando que llegue su hora, inmóvil
en una piscina de agua dulce, en una habitación que
permanece bajo llave.
El galpón termina siempre
lleno, incluso en noches en que la concurrencia es baja: pocos
antes de las doce, cuando ya no cabe nadie más, se
vuelve imposible cruzar de un extremo a otro sin abrirse camino
a empujones.
Aun así Marlon sigue dejando que entren:
—Pasen —les dice
a los que asoman la cabeza por los pliegues de la cortina—,
acomódense como puedan.
Se la pasa sentado junto a
la puerta desde las diez, en un banquito de tres patas con
la caja de metal en la que guarda los boletos y la plata balanceándose
sobre sus piernas, la chompa abierta colgándole de
los hombros, recordándole a quien ingresa que el rincón
más apartado (la única sección en que
la densidad de gente es menor) debe quedar a disposición
de las parejas a las que de pronto se les antoje bailar.
—No está muy
bien iluminado que digamos —quisiera disculparse el
viejo, pero eso parece que a la mayoría no le importa:
los que van hacia allá, ¿no lo hacen precisamente
porque en la penumbra se sienten a gusto?
Marlon no abandona su sitio
sino hasta la medianoche, hora en que comienza el show. Antes
han sonado tres campanazos, destinados a prevenir tanto al
público, que empieza
a mostrar signos de impaciencia,
como a quienes, detrás de los bastidores montados en
la parte trasera de la tarima, terminan de afeitarse el pecho,
la barba, las piernas y los sobacos, todas las zonas por las
que asoma el vello, incluyendo, también, si el caso
así lo requiere, la nariz y las orejas. De por sí
muy quisquilloso, el viejo lo es más con el asunto
del pelo:
—Pone demasiado nervioso
al animal —señala, añadiendo que este
responde mejor cuanto más tersos son los cuerpos que
lo acorralan y que la luz que refleja la piel perfectamente
afeitada tiene siempre la virtud de incitarlo a moverse: nada
peor que esas noches en que permanece inmóvil, hundido
en una somnolencia que lo vuelve indiferente a lo que sucede
a su alrededor.
Las ninfas saben que al sonar
el último de los campanazos deben poner las navajas
a remojar y que a partir de ese momento lo más urgente
es calibrar el ajuste de las pantalonetas, procurar que las
camisetas hagan destacar el volumen de los pechos, terminar
de empolvarse las mejillas y la frente y deline-arse los labios
y los ojos por última vez. Consciente de que estos
preparativos toman siempre varios minutos, el muchachito del
antifaz aprovecha para anunciar que hay orden de despejar
la zona de la sala reservada para el baile:
—Me van a tener que
disculpar —les dice a las parejas que se abrazan en
la penumbra, al ritmo de la música que brota de los
parlantes montados en las esquinas. Y aunque es verdad que
siempre habrá quienes regresen a la oquedad en que
se encuentra sumido ese rincón, nunca llegarán
a ser tantos como para que se conviertan en una preocupación:
el grueso del público, que es lo que al fin y al cabo
importa, se congrega sin demoras frente la tarima, en el extremo
opuesto de la sala.
El muchachito del antifaz
trepa a una escalera y desde allí se asegura de que
no sigan desplazándose por el escenario ninguna de
esas sombras que a último minuto regresan para verificar
que todo está en su sitio. Tira entonces del cordel.
Las cortinas se abren, pero los gritos de asombro tardan en
oírse: las luces que quedaron encendidas son pocas.
Lo único que se percibe
es el ajetreo que producen los que intentan trepar a los hombros
de los más altos. Una minoría más ingeniosa
prefiere trepar a las mesas, por más que estas no están
preparadas para soportar tanto peso; otros, más intrépidos,
se atreven a encaramarse por las columnas que sostienen el
techo, acomodándose sobre una de las vigas para desde
allí ayudar a trepar a quienes, junto con ellos, quisieran
presenciarlo todo desde una mejor ubicación. Todo este
movimiento hace que los que están en las primeras filas
se estremezcan: al sentir la presión de los que están
detrás, se acuerdan de quienes en el pasado cayeron
desmayados al suelo.
Marlon, oculto detrás
de uno de los biombos que hacen las veces de bambalinas, da
la señal que el muchachito aguarda desde que se abrieron
las cortinas. Este, instalado cómodamente detrás
del reflector, lo enciende para que las tinieblas se disipen
y puedan destacarse con claridad los principales atributos
de ese espacio, blanco de todas las miradas que jaspean en
la penumbra: un claro en medio del bosque, con arbustos cargados
de frutas, árboles de flores olorosas, matas que el
viento sacude con delicadeza y, en pleno centro, una fuente
que serpentea en silencio, bajo el cielo azul.
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