BAILE
DEL COCODRILO
R
ecuerdo haber visto ese juego elemental en Trampolín
a la Fama (qué patética forma de extinguir un
sábado). El nervioso cuy debe elegir el agujero de
una de las varias cajas que ostentan un premio miserable.
Reemplacemos al cuy por un cocodrilo. Imaginemos, sobre cada
caja, a una púber de túnica traslúcida
que canta y danza para persuadir al achacoso reptil. Ya no
es un juego de azar. Es un espectáculo artístico
que combina teatro, circo y ballet. Más aún:
una ceremonia religiosa. La nínfula angelical seduce
a la bestia apestosa frente a un público que goza con
la mezcla de sensualidad y repugnancia.
Esta es la primera escena de La Evasión,
ópera prima de Christopher van Ginhoven que acaba de
publicarse y que presenté dos semanas atrás.
Claro que es publicidad pura y los presentadores (aun cuando
no cobran) jamás objetarán una coma. Pero, con
una mano sobre la Biblia, juro que no acepté presentar
el libro antes de leerlo. Si no me gustaba, me disculpaba
y punto. Total, plata no pierdo. De hecho, si veía
la novela en una vitrina, no la compraba: el título
me disuade y hace rato que perdí la fe en los plumíferos
debutantes. Es más: me pasaron una versión sin
tarrajear. Fotocopias anilladas que me recordaron una monografía
de colegio. Pero el talento sobrevivió al título
y al soporte. La prosa elegante ocultó las erratas.
Y la trama halagó mi debilidad por las escenas redondas
que parecen escritas por un dramaturgo.
Según me confesaron luego,
habida cuenta de mi hipertrofiado hígado, tanto el
autor como el editor temían que la novela no me gustara.
Es comprensible. Hasta no hace mucho me dedicaba a reseñar
libros y, la mayoría de las veces, declaré con
desparpajo mi hastío por la última narrativa
peruana que repite la tarantinada bailable de prosa oficinesca.
Sin embargo, ya que hablé de fe, ahora debo hablar
de "avivamiento". Esa jerga evangélica que
define el despertar de la grey luego de un largo período
de anestesia. Y es que, gracias a libros refrescantes como
el de Van Ginhoven y otros potrillos vacunados contra el malditismo
(Castañeda, Page, Alarcón, Chávez, etc.),
casi me dan ganas de volver a reseñar: presiento que
mi torturado hígado recuperará su tamaño
habitual. 
Leonardo Aguirre, Diario La República
(sábado 27/8)
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