H
ace poco, disculpando una falta
cometida, un político veterano dijo que no se trataba
de un delito, sino de un pecado. Esta sentencia implicaba
que el delito es más grave que el pecado; o que juzgar
este no corresponde a quien juzga aquel.
Además, se desprende de lo anterior
que es posible determinar, con exactitud, la diferencia entre
el pecado y el delito. Y, para mí al menos, esto es
tan difícil, que se acerca a lo imposible. Otra implicancia
de este dilema, no menos interesante, se relaciona con los
castigos respectivos: ¿es mayor la pena por delinquir
que la pena por pecar? A primera lectura, el delincuente se
enfrenta a la cárcel, a la cadena perpetua, o a la
muerte; mientras que el pecador solo es amenazado con las
penitencias confesionales, la excomunión, o. la condenación
eterna. Casi nada.
Estas reflexiones me asaltaron al leer
los avisos publicitarios en los que se advierte que el libro
pirateado es un robo. Lo que, fuera de toda duda, es cierto.
Como es cierto que el robo es un delito. Pero, ojo, también
es un pecado. Y no venial. Consecuencias: piratear un libro,
¿se debe castigar como delito o como pecado?, ¿qué
castigo le corresponde al que compra un libro pirateado?,
¿se deben quemar los libros pirateados, como propuso,
luminosamente, un congresista analfabeto, con nostalgias inquisitoriales?,
¿se debe castigar al autor del libro pirateado?, ¿por
qué los libros pirateados son mucho más baratos
que los editados legalmente?, los autores, ¿escriben
libros para que los vendan o para que los lean?, la venta
y la compra, ¿son requisitos indispensables para que
los libros sean leídos?, ¿es legal llevar una
cama a las bibliotecas para leer un libro, sin necesidad de
comprarlo, convirtiendo el placer de leer, en el prólogo
del placer de dormir?, ¿sería razonable y justo
equipar debidamente las bibliotecas para que los lectores
puedan disfrutar el placer de placeres de leer en el wáter?,
¿es permisible soñar con el derecho al libro
gratuito? (aunque sea prestado, mediante un sistema con rostro
humano), ¿es una utopía liberar al libro del
fundamentalismo de la teología de mercado?, ¿podrán
los pobres, algún día, comer y leer sin pecar,
sin delinquir, y sin milagros?
Decidí escribir estas líneas,
un tanto amargas, no hace mucho, al encontrarme con el "hombre
flaco bajo la lluvia", que venía caminando a mi
encuentro desde un olvido muy lejano, cuando estaba preparando
la publicación de un libro de cuentos, para el que
no encontraba título. Mi hija Marcela me hizo recordar
ese cuento, y añadió que su título era
el ideal para mi libro, compuesto de "doce cuentos de
soledad".
Dicen que en la vida las cosas nunca vienen
solas; y en esa misma "esquina" me encontré
con una editorial, que recién estaba naciendo, y que
se llamaba "Matalamanga"; vocablo cantable y bailable,
que no significa nada porque no existe; pero que significa
mucho, precisamente, porque no existe. Y heme aquí,
28 años después de haber publicado mi último
libro, y, en cierta forma, de haber abandonado la literatura,
reencontrándome con ella, a través de este libro,
que presentaré el martes 14, a las siete y media, en
la casa de Víctor Delfín, en Barranco. Estás
invitado, amable lector.
El libro: Símbolo de la cultura.
Y en el Perú, de la incultura, ya convertida en un
estado natural. Durante dos años participé,
lo más activamente que pude, en el estudio y preparación
del proyecto de una ley que apoyara el libro peruano, y que
fomentara la lectura. Finalmente se aprobó el proyecto
en el Congreso, gracias, en gran medida, al esfuerzo indoblegable
y casi solitario de la congresista Elvira de la Puente, convertida
en paladín, también casi solitario, de la cultura
en el Parlamento.
Poco después, el poder Ejecutivo
la promulgó y reglamentó. Ya tenemos la tan
ansiada y necesaria Ley del Libro. Ya hemos ascendido alguito
del bajísimo nivel cultural que nos coloca entre los
países donde menos se lee.
Vengo de la cinematografía, que he abandonado, porque,
con el limitado lapso de vida que me queda, me resulta imposible
soñar siquiera con hacer una película. Regreso
a la literatura, donde encontré una empresa editorial
joven, que acogió con entusiasmo a mi "hombre
flaco bajo la lluvia". Vengo del cine, donde está
vigente una ley que ya no se aplica. Regreso al libro, donde
ya está vigente una ley que aún no se aplica.
¿Qué sucederá? ¿Sucederá
algo?
Con tal de no caer en esa reciente categoría
legislativa a la peruana, sintetizada con las novedosas denominaciones
siguientes: -Leyes olvidables: las que nunca se aplicarán.
-Leyes imperfectas: las que se perfeccionarán algún
día. -Reglamentos inútiles: los que reglamentarán
provisionalmente las leyes imperfectas. 
Armando Robles
Godoy - El Comercio. Dominical (17/12/2004)
D el Armando
escritor, en cambio, sí diré que dos o tres
piezas de este volumen deberían ser incluidas en cualquier
antología cuentística de los últimos
diez años. En eso, por primera vez, coincido con González
Vigil. 
Leonardo
Aguirre - Agencia Perú
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