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CAFÉ MILTON Y CORDERO CON SAKI

Era la primera vez que visitaba su departamento. Salvo una fotografía de los Beatles y el diploma de la Facultad de Literatura, las paredes estaban desnudas. Igual que en el salón de clase, el Maestro vestía de terno y corbata. Pero esta vez la camisa rebasaba el pantalón -descubriendo un hirsuto y esférico vientre- y la enorme corbata floja -minúsculos submarinos amarillos en un mar turquesa- pendulaba a la altura de la bragueta abierta. Además, Chipana notó su calvicie con desconcierto: el frondoso y casi hippie bisoñé, con el peinado raya al medio similar a un libro abierto, reposaba sobre la única mesa del departamento.

-Let's go to the point. Al grano, mi querido Chipana. Me dijiste que traías un cuento... ¿un relato? For God's sake: es lo mismo, muchacho, no me vengas a mí con tecnicismos. Cuento, relato, viñeta, nouvelle, story, tale, whatever... It doesn't matter. La diferencia es el número de páginas, nothing else. Además, aquí sólo nos importa lo que estipulan las bases del concurso.

El muchacho procedió a descargar el contenido de su aparatoso maletín. El anciano se sirvió lo último que quedaba de la botella y luego prendió otro cigarrillo King James.

-Pero bien podemos tomarnos a cup of coffee, ¿no te parece? Of course: por supuesto que tengo café. ¿De lata? My God: cómo se te ocurre, Chipana... Una casa que no tiene un buen café carece de alma. Eso es lo que nunca faltará en esta humilde morada. I mean, mientras la Charapa no me abandone... of course, la dueña de este brassiere... Su señor padre administra varios cafetales en Chanchamayo. Y muy pronto recalaré en esos parajes ignotos, en esa terra incógnita... you know: necesito librarme del tráfago citadino para culminar mi gran obra.

Chipana pidió permiso para ir al baño con una solemnidad más bien digna del salón de clase. Encontró sobre el tanque jaspeado de sarro un pequeño libro del que apenas quedaban las tapas y el marcador de tela. Quizá sus páginas, especuló el muchacho, eran las mismas que afloraban del tacho y flotaban en el fondo del inodoro. Jaló la palanca pero resultó inútil.

Luego caminó hasta la cocina para acompañar a su mentor, quien se afanaba buscando utensilios en la alacena. Observó, de reojo, un libro fileteado y espolvoreado de perejil desbordando la tabla de picar.

El anciano colocó sobre la única mesa del departamento una cacerola minúscula de aluminio, un salero de chifa serruchado por la mitad, y una edición lujosa de El Paraíso Perdido de John Milton. Luego llenó una tetera sin asa y teñida totalmente de hollín. Ante el horror de su pupilo, el Maestro arrancó dos páginas de El Paraíso con un cuchillo para cortar pan.

-Es un filtro excelente. Touch: su porosidad es similar a la de una servilleta. Sí, antes usaba servilletas. Pero cierta vez, por pura casualidad, descubrí que este nuevo filtro le añade un particular taste... Prueba una página... qué me dices, ¿ah?... canela, naranja y... orégano, incluso, ¿no te parece?... Así, en sólo un minuto tendremos una perfect cup of Milton Coffee.

Ambos regresaron a las sillas enciclopédicas con las tazas humeantes en la mano.

-Sorry, Chipana: no tengo azúcar. Tengo diabetes. Pero ése no es el punto: es una blasfemia tomar el café con azúcar.

El anciano escritor extrajo del bolsillo de su saco unos anteojos gruesos parchados con cinta aislante. Comenzó a revisar el texto de Chipana con dedos amarillentos y temblorosos: cuento, relato, nouvelle... aún no podía, ni quería, determinarlo.

-¿Parkinson? ¿What?... Me ofendes, muchacho... anda y pregúntale a la Charapa si tengo parkinson... No, Chipana, es el exceso de café y cigarrillos: nothing else.

Dandy cruzó la sala con una página jironeada entre las fauces y desapareció rumbo al patio atiborrado de bolsas de basura, macetas, cachivaches y ropa tendida: lo que el Maestro calificaba como su "penthouse".

-¿De qué concurso estamos hablando?... Of course, of course. precisely, yo gané dicho concurso en el año... ¿sesenta y ocho?, ¿sesenta y nueve?... Y al año siguiente gané la primera edición de El Cuento de las 55 Palabras del diario La Patria. Arguedas era presidente del jurado... el mismo, Chipana... Así es: fuimos muy amigos. Nos carteábamos con frecuencia. Sí, Chipana: por supuesto que conservo esas cartas. ¿Publicarlas? No sé si será good idea... ¿Venderlas? ¿What? Me ofendes, muchacho, cómo se te ocurre... El problema es que dichas cartas... how can I say it... I mean, son muy sucias, soeces, casi pornográficas... Además, in other way, sugieren ciertas disfunciones que no sería muy elegante difundir... Sucede que teníamos una amiga en común, la editora de Culturales de cierto periódico, y Arguedas solía detallarme sus encuentros íntimos con la susodicha... todavía vive: that's the point; otro motivo para no publicarlas... Además, yo se la presenté. You know, primero pasó por mis manos... Pero nos estamos desviando, ¿no? Tienes razón: volvamos al cuento. A ver qué me trajiste, muchacho...

 
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