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CAFÉ MILTON Y CORDERO CON SAKI

-R eally, sus páginas me ponen en contacto con la divinidad... es una versión King James de mil seiscientos... of course: el inglés de Shakespeare... antes de coger una página, la declamo. Declamo y clamo a las potencias sobrenaturales, a los dioses de la inspiración... y también, you know, me contagio de su prosa elegante. Es uno de los rituales previos a la sacrosanta sesión de escritura: con un cigarrillo doy por iniciada la sesión y con otro celebro el éxito de la faena. As you see, el material es perfecto: examina la textura de las páginas... No, Chipana, uso filtro. Estoy en Ezequiel: ya me fumé casi todo el Antiguo Testamento... El contenido es un mix de tabaco, hojas de té... of course: english tea... y páginas desmenuzadas de una novelita cuyo autor no te puedo revelar. Aún vive y es amigo mío... that's the point... you know, no se sentirá muy complacido si descubre la utilidad que le doy a su talento. I mean, si es que lo tiene...

El pupilo probó el cigarrillo King James y de inmediato buscó atenuar su picor con un brebaje color champaña que, desde luego, no era champaña. Apenas quedaba un tercio de la botella. Recién entonces, cuando Chipana iba por la décima copa, el Maestro se animó a confiarle la composición de la bebida espirituosa:

-Alcohol de botica, Inca Kola Diet y páginas hervidas de poemarios chinos impresos en papel de arroz. Of course: los poemarios proceden de mi biblioteca personal.

El muchacho reparó en los anaqueles casi vacíos. Oyó decir en la cafetería de la universidad que, otrora, dicha biblioteca lucía repleta de incunables y primeras ediciones. Recordó, asimismo, cierto rumor que explicaba el origen de las valiosas antiguallas: el ya legendario prontuario sentimental del Maestro contaba con una dependienta de la Biblioteca Nacional.

-Los he vendido casi todos: ésa es la triste verdad. You know, mi magro sueldo magisterial deviene insuficiente. Así es, Chipana, me he quedado con los imprescindibles. I mean, los que vale la pena releer y los que utilizo, as you see, para liar cigarrillos y aderezar el alcohol. Para no hablar, of course, del mobiliario... Además, en los días más crueles del invierno, construyo una estufa artesanal con los adefesios que llegan semanalmente a mi buzón. I mean, ex alumnos obtusos que se zurran olímpicamente sobre mis consejos... pobres loosers... quiera Dios que no sea tu caso... imberbes que ni siquiera saben masturbarse, for God's sake... Y yo, que soy su maestro, aún no termino de corregir mi primera novela. ¿What? No, Chipana, no me estoy quejando. Al contrario. Yo, que he ganado todos los concursos habidos y por haber, no tengo la desvergüenza de publicar esos ramplones ejercicios de estilo... It doesn't matter: la crítica será inclemente con su insolencia. You're right, los hará leña... Bien dicho: mi estufa es un presagio de su porvenir.

El anciano escritor y su pupilo estaban sentados -es decir, se columpiaban- sobre columnas de anchos y pesados tomos de la Enciclopedia Británica. Por otro lado, las patas de la única mesa del departamento necesitaban libros, a manera de tacos, para compensar su asimetría. Asimismo, sendos volúmenes trancaban las puertas de la entrada y la cocina para facilitar el libre tránsito de la mascota: un animal escuálido de tonos grises y pardos cubierto de múltiples llagas.

-Heridas de guerra: cruentas batallas con otros felinos para defender su territorio. Para no hablar, of course, de una frecuente actividad reproductiva. You know, las gatas venden muy cara su fecundidad. Ahí donde lo ves, mi gato es nada menos que el semental de toda la Residencial. Dandy, come in... mi gato sólo entiende inglés... Cruce de Siamés, Angora y Gato Egipcio... Ciertamente, las heridas ocultan su linaje. Además, ya está un poco viejito... No, Chipana, mi Dandy no tiene siete sino nueve vidas. Finally, es un gato inglés. Me lo regaló una poetisa británica cuyo nombre prefiero mantener en el anonimato. You know, los caballeros no hablamos de esas cosas...

El departamento del Maestro quedaba en la azotea de un edificio de doce pisos en la Residencial San Felipe: la Manhattan de Lima, como solía llamarla. Esa misma noche, Chipana tuvo que esperar un cuarto de hora tras la puerta entreabierta: alcanzó a oír insultos, golpes y quejidos estremecedores. Cuando sopesaba la posibilidad de intervenir con heroísmo para evitar una aparente desgracia, apareció una muchacha despeinada que recordó haber visto en su clase de Literatura Serbo-croata: caminó tambaleando hasta el ascensor. A continuación, el Maestro abrió la puerta de par en par y lo invitó a pasar. Pidió disculpas con una mueca que Chipana interpretó como sonrisa mientras secaba el sudor de su frente con un sostén fucsia de rayas diagonales.

 
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