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Cuentos
bajo la manga
(BOCETO PARA UN ANTIPRÓLOGO)
- PRESENTACIÓN
Por
Ronaldo Menéndez
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T oda
antología es un acto de fe. Pero si la antología
responde a los azarosos lances de un concurso, y si el concurso
inaugura un sello editorial promovido por cuatro jóvenes
en el Perú, el acto de fe se convierte en una suerte
de fundamentalismo literario heterodoxo.
¿A quién se le ocurre fundar
un sello editorial en el Perú de hoy? ¿Qué
les ha pasado a estos jóvenes para que decidieran inventar
una editorial bajo el rubro de Matalamanga? Hay quien bebe
San Pedro o fuma algo y observa ovnis con absoluta convicción.
Ellos vieron una casa editorial (quizá incluso sin
haber consumido nada). O acaso los ha visitado, cual mandamiento,
aquel verso de Borges igualmente alucinógeno: "Yo
que me imaginaba el paraíso/ bajo la especie de una
biblioteca". Venga de donde venga, mi certeza es que
están intoxicados: promovieron un concurso pagando
mil dólares al ganador y otro par de sumas al segundo
y tercer puesto, hicieron una preselección de cuarenta
cuentos revisando alrededor de ochocientos trabajos, y han
armado un libro con las trece obras laureadas. Lorca dixit:
así son las cosas cuando son del alma. El amor y la
televisión, el sexo y el ciberespacio, la música
y la agronomía, el arte y la literatura, cuando son
del alma, se convierten en actos de fe donde ningún
contratiempo es suficiente para disminuir la empresa. Por
eso Colón descubrió América, así
como estos editores debutantes han decidido navegar contracorriente
apostando por la rara causa de la literatura.
Siguiendo con el símil de Colón,
es obvio que ninguna empresa termina con el hallazgo: el genovés
murió pobre pensando que había llegado a las
Indias, mientras que Américo Vespucio supo nombrar
el Nuevo Mundo. No soy buen consejero, pero tengo claro que
el mejor libro que puede escribir un editor es su catálogo
editorial. De lo contrario la editorial está muerta,
por muchos libros que venda, concursos que promueva o embauques
periodísticos que geste. Así que Matalamanga
comienza con este libro a dar rostro a sus autores. Una observación
liminar: los editores son quienes hacen a los autores, pues
están en capacidad de reproducir ese volumen espiritual
que llamamos libro. Mientras tanto, nos debemos conformar
con ser escribidores inéditos. Esta antología
es el semillero de lo que podría venir si se trabaja
bien, pues desde ahora Matalamanga entra en el difícil
juego del trasplante, la fertilización, la selección
y cosecha. Pero sobre todo, deberán afrontar las más
de siete plagas que nos asedian desde que los mercaderes se
instalaron en el templo de la Literatura.
No he aceptado colaborar con ellos porque
me caen bien (apenas los conozco). No he renunciado a mi trabajo
de jurado a medio camino por falta de motivos (la flojera
y las individualidades pueden ser un dolor de cabeza). No
he accedido a escribir estas líneas porque me sobra
tiempo. Fatalmente, también estoy intoxicado de literatura,
pero la causa es aún más justa y precisa: los
premios, el concurso mismo, los finalistas y el libro, están
fuera de eso que en Perú llaman "argollas".
Y estoy cansado de los escritores de mentira fabricados a
golpe de ranking periodístico. Estamos ante un esfuerzo
literario ciego a las conveniencias. Y ya se sabe -otra vez
la frase es de Borges- que a un gentleman solo pueden interesarle
las causas perdidas.
Demasiada gente necesitaba el dinero del
premio o tenía un cuento Matalamanga bajo la manga.
Pero de los trabajos que pude leer como jurado, al menos encontré
veinte textos dignos, lo cual me parece suficiente. Mucha
gente quiere escribir, tienen el talento, pero dicen no tener
tiempo. Había una vez un personaje de Monterroso que
poseía un sólido talento literario, era definitivamente
un gran escritor, pero tenía un solo defecto: no le
gustaba escribir. Sospecho que hay muchos en su caso y solo
puedo darles un modesto consejo: no es necesario ser escritor,
el arte devora almas equívocas. Se puede vivir una
vida felizmente fértil sin intentar un solo relato
o poema. No se es escritor si se vive pensando que queremos
serlo, pero no tenemos tiempo. Es como querer estar vivo sin
darse un tiempo para respirar.
Recuerdo ahora un texto de Fitzgerald donde
se habla mucho de las "salidas en falso". El cuento
arranca con ímpetu, el señor que vende el Biblias
resulta ser un violador solapado, concurren una chica solitaria
que le abre su puerta a cualquier vendedor de Biblias y una
cuadra solitaria, y de pronto, sin causas aparentes, sin el
aura que antecede a los ataques epilépticos, nos asalta
el desánimo, todo nos da lo mismo y el cuento muere
como un pájaro infartado en pleno vuelo. O peor, vamos
en el taxi y nos posee la idea más ingeniosa del mundo
para el próximo cuento, pero cuando llegamos a la oficina
hay demasiados papeles que revisar o secretarias que contemplar,
entonces apuntamos la idea del cuento en nuestro cuaderno
de escritor amateur, y al cabo de un mes nos topamos con aquella
frase sin sentido de un cuento abortado. Fitzgerald le pregunta
a un viejo agricultor qué debe hacerse cuando las cosas
se tornan extremadamente confusas o desestimulantes, y el
viejo le da un consejo casero, pero seguro: "Cuando las
cosas se ponen así, yo trabajo". Y es que en literatura,
el oficio no lo es todo, pero casi lo es todo. Si queremos
estar literariamente vivos, hay que darse un tiempo para respirar
palabras. Y con largo aliento.
En medio del arduo trabajo de selección
y debate para decidir los premios, desde mi estrecho ángulo
de autor/jurado con sus gustos y disgustos, pude reconocer
un peligro ya familiar. Un peligro frecuentemente compartido
por autores y lectores. Solemos olvidar que la primera condición
para que un cuento exista es que sea necesario, es decir,
que nazca de una impresión lo suficientemente autónoma,
como para obligar al escritor a atrapar y darle forma a aquello.
Como decía un personaje de Salinger: "Aquello
estaba deseando ocurrir". El cuento escrito bajo este
influjo no suele tener grietas. Muchos autores principiantes,
al escribir un cuento, están más preocupados
por decir grandes verdades sobre sus vidas o sobre la condición
humana, que por contar algo como lo hacían los hombres
alrededor del fuego. Creo que ese ha sido mi criterio de elección:
sustituir la alegoría por la alegría vital de
tener algo que narrar. Y aunque no fue un principio del concurso,
al final dicho criterio ha primado en la selección
que ponemos bajo los ojos del lector. Estamos ante el placer
de leer ciertas historias y no historias ciertas. 

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