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El arte, las mujeres, la muerte. Primer concurso de cuentos del Grupo Editorial Matalamanga
Varios Autores (VV.AA)
ISBN: 9972-9870-0-0
Número de páginas: 170
1° edición: marzo 2004


Cuentos bajo la manga
(BOCETO PARA UN ANTIPRÓLOGO) - PRESENTACIÓN

Por Ronaldo Menéndez

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T oda antología es un acto de fe. Pero si la antología responde a los azarosos lances de un concurso, y si el concurso inaugura un sello editorial promovido por cuatro jóvenes en el Perú, el acto de fe se convierte en una suerte de fundamentalismo literario heterodoxo.

¿A quién se le ocurre fundar un sello editorial en el Perú de hoy? ¿Qué les ha pasado a estos jóvenes para que decidieran inventar una editorial bajo el rubro de Matalamanga? Hay quien bebe San Pedro o fuma algo y observa ovnis con absoluta convicción. Ellos vieron una casa editorial (quizá incluso sin haber consumido nada). O acaso los ha visitado, cual mandamiento, aquel verso de Borges igualmente alucinógeno: "Yo que me imaginaba el paraíso/ bajo la especie de una biblioteca". Venga de donde venga, mi certeza es que están intoxicados: promovieron un concurso pagando mil dólares al ganador y otro par de sumas al segundo y tercer puesto, hicieron una preselección de cuarenta cuentos revisando alrededor de ochocientos trabajos, y han armado un libro con las trece obras laureadas. Lorca dixit: así son las cosas cuando son del alma. El amor y la televisión, el sexo y el ciberespacio, la música y la agronomía, el arte y la literatura, cuando son del alma, se convierten en actos de fe donde ningún contratiempo es suficiente para disminuir la empresa. Por eso Colón descubrió América, así como estos editores debutantes han decidido navegar contracorriente apostando por la rara causa de la literatura.

Siguiendo con el símil de Colón, es obvio que ninguna empresa termina con el hallazgo: el genovés murió pobre pensando que había llegado a las Indias, mientras que Américo Vespucio supo nombrar el Nuevo Mundo. No soy buen consejero, pero tengo claro que el mejor libro que puede escribir un editor es su catálogo editorial. De lo contrario la editorial está muerta, por muchos libros que venda, concursos que promueva o embauques periodísticos que geste. Así que Matalamanga comienza con este libro a dar rostro a sus autores. Una observación liminar: los editores son quienes hacen a los autores, pues están en capacidad de reproducir ese volumen espiritual que llamamos libro. Mientras tanto, nos debemos conformar con ser escribidores inéditos. Esta antología es el semillero de lo que podría venir si se trabaja bien, pues desde ahora Matalamanga entra en el difícil juego del trasplante, la fertilización, la selección y cosecha. Pero sobre todo, deberán afrontar las más de siete plagas que nos asedian desde que los mercaderes se instalaron en el templo de la Literatura.

No he aceptado colaborar con ellos porque me caen bien (apenas los conozco). No he renunciado a mi trabajo de jurado a medio camino por falta de motivos (la flojera y las individualidades pueden ser un dolor de cabeza). No he accedido a escribir estas líneas porque me sobra tiempo. Fatalmente, también estoy intoxicado de literatura, pero la causa es aún más justa y precisa: los premios, el concurso mismo, los finalistas y el libro, están fuera de eso que en Perú llaman "argollas". Y estoy cansado de los escritores de mentira fabricados a golpe de ranking periodístico. Estamos ante un esfuerzo literario ciego a las conveniencias. Y ya se sabe -otra vez la frase es de Borges- que a un gentleman solo pueden interesarle las causas perdidas.

Demasiada gente necesitaba el dinero del premio o tenía un cuento Matalamanga bajo la manga. Pero de los trabajos que pude leer como jurado, al menos encontré veinte textos dignos, lo cual me parece suficiente. Mucha gente quiere escribir, tienen el talento, pero dicen no tener tiempo. Había una vez un personaje de Monterroso que poseía un sólido talento literario, era definitivamente un gran escritor, pero tenía un solo defecto: no le gustaba escribir. Sospecho que hay muchos en su caso y solo puedo darles un modesto consejo: no es necesario ser escritor, el arte devora almas equívocas. Se puede vivir una vida felizmente fértil sin intentar un solo relato o poema. No se es escritor si se vive pensando que queremos serlo, pero no tenemos tiempo. Es como querer estar vivo sin darse un tiempo para respirar.

Recuerdo ahora un texto de Fitzgerald donde se habla mucho de las "salidas en falso". El cuento arranca con ímpetu, el señor que vende el Biblias resulta ser un violador solapado, concurren una chica solitaria que le abre su puerta a cualquier vendedor de Biblias y una cuadra solitaria, y de pronto, sin causas aparentes, sin el aura que antecede a los ataques epilépticos, nos asalta el desánimo, todo nos da lo mismo y el cuento muere como un pájaro infartado en pleno vuelo. O peor, vamos en el taxi y nos posee la idea más ingeniosa del mundo para el próximo cuento, pero cuando llegamos a la oficina hay demasiados papeles que revisar o secretarias que contemplar, entonces apuntamos la idea del cuento en nuestro cuaderno de escritor amateur, y al cabo de un mes nos topamos con aquella frase sin sentido de un cuento abortado. Fitzgerald le pregunta a un viejo agricultor qué debe hacerse cuando las cosas se tornan extremadamente confusas o desestimulantes, y el viejo le da un consejo casero, pero seguro: "Cuando las cosas se ponen así, yo trabajo". Y es que en literatura, el oficio no lo es todo, pero casi lo es todo. Si queremos estar literariamente vivos, hay que darse un tiempo para respirar palabras. Y con largo aliento.

En medio del arduo trabajo de selección y debate para decidir los premios, desde mi estrecho ángulo de autor/jurado con sus gustos y disgustos, pude reconocer un peligro ya familiar. Un peligro frecuentemente compartido por autores y lectores. Solemos olvidar que la primera condición para que un cuento exista es que sea necesario, es decir, que nazca de una impresión lo suficientemente autónoma, como para obligar al escritor a atrapar y darle forma a aquello. Como decía un personaje de Salinger: "Aquello estaba deseando ocurrir". El cuento escrito bajo este influjo no suele tener grietas. Muchos autores principiantes, al escribir un cuento, están más preocupados por decir grandes verdades sobre sus vidas o sobre la condición humana, que por contar algo como lo hacían los hombres alrededor del fuego. Creo que ese ha sido mi criterio de elección: sustituir la alegoría por la alegría vital de tener algo que narrar. Y aunque no fue un principio del concurso, al final dicho criterio ha primado en la selección que ponemos bajo los ojos del lector. Estamos ante el placer de leer ciertas historias y no historias ciertas.

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